“Colmillos vengadores”, de Ray Lester

Colmillos vengadores; por Ray Lester [Juan Mora Gutiérrez]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, abril 1974. Colección: Selección Terror; nº 61.

Reedición: incluida en Misterios, aventuras y disparos con Ray Lester; textos, Ray Lester, Toni Mora; ilustraciones, VVAA. Sevilla: ACHAB, 2019. Colección regular; nº 12. Incluye las novelas: Invasión verde; Colmillos vengadores; Telefonistas agresivas; Veterano del amor; Negras aguas de muerte; Salvajes civilizados.

  • Género | materia: terror – thriller | animales en rebeldía – venganzas de ultratumba – Scooby-Doo

Hasta ahora no habíamos tenido oportunidad de tratar aquí al escritor Ray Lester o, lo que es lo mismo, Juan Mora Gutiérrez. Reconozco que soy un poco monotemático, e intentaré irlo solventando con reseñas de autores poco o nada tratados.

El anciano cabecilla de una familia fallece, y los herederos se reúnen en la mansión para recibir la lectura de la herencia. Pero primero han de acontecer dos hechos: uno, que su fiel perro sea enterrado junto a él (el animalito está vivo); dos, que han de pasar un par de meses hasta la lectura de sus resoluciones. En ese lapso, el perrito parece que sale de la tumba y se dedica a cargarse a los avariciosos de los hijos.

Esta sinopsis hace pensar, por un lado, con lo de los herederos, en la novela Diez negritos de Agatha Christie; en cuando a lo del perro vengador y sobrenatural, la mente acude de inmediato a El perro de Baskerville de Sir Arthur Conan Doyle (aquí, igualmente, despide cierto fulgor en la oscuridad). Y esta segunda alusión, de forma indefectible, hace pensar en la resolución realista por parte de Sherlock Holmes.

Gran parte de la novela se dirime en conversaciones entre los herederos, el abogado de la familia (y protagonista del relato) y una de las jóvenes y guapas herederas (recurso romántico de la función). Ello conduce a que la narración tenga mucho de melodrama, con unos cuantos crímenes intercalados en medio y un cierto intento de crear un poquito de terror. El caso es que, de todas maneras, los diálogos tienen solidez, los personajes sustancia y la novela se halla escrita con bastante corrección, siendo bastante inferiores los fallos de redacción característicos de este tipo de ediciones. La trama no es muy original, resulta previsible en bastantes detalles y lo que se dice de terror no es mucho. Pero es un buen trabajo, dentro de la media.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ***

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

“Año 2.000, fin del mundo”, de Keith Luger

Año 2.000, fin del mundo; por Keith Luger [Miguel Oliveros Tovar]; ilustración de la cubierta, Rafael Griera. Barcelona: Bruguera, agosto 1971. Colección: La conquista del espacio; nº 52.

Reedición: prólogo de Ricardo Muñoz Fajardo: «Las novelas pulp, las novelas de a duro». Madrid: Libros Mablaz, 2016. Colección: Libros Mablaz; 117 – Ciencia ficción y fantasía; nº 32.

  • Género | materia: ciencia ficción | invasiones extraterrestres – catástrofes mundiales.

Ambientada en el año 2000, como su título desvela, esta novela presenta a un piloto de avión ultrasofisticado que descubre que los habitantes de un planeta lejano, que son gelatinosos pero pueden adoptar cualquier apariencia, desde un pulpo andante hasta una señora despampanante, pretenden destruir nuestro planeta.

Como es norma en la literatura de Miguel Oliveros Tovar, la historia, adopte las bases temáticas de la ciencia ficción, el wéstern o el policial, se alimenta sobre la guerra de sexos. Aquí no importa tanto esa invasión alienígena, sino el enfrentamiento que el protagonista tiene con las féminas. Ya pueda ser con la coprotagonista, con la cual tendrá sus rifirrafes, hasta que al fin se enamoren, o contra la mala; aquí se dan ambos casos. Primero, con una psicóloga que está más centrada en su trabajo que en los amoríos, por lo que nuestro protagonista la obsequia con unos comentarios machistas de lo más denigrantes. Y luego, con la líder de los alienígenas, que toma las formas de una hembra de armas tomar.

Precisamente, no podrán tomar las armas los terrícolas contra esa invasión, dado que los superiores de nuestro héroe no le creen. La estructura de la historia recuerda más bien a las películas de ciencia ficción japonesas que la Toho desarrollaba al margen de las de Godzilla, o también intercalando una trama alienígena en estas. Escrita en 1971 y ambientada en el 2000, presagia la caída del Muro de Berlín, así como el hecho de que en el 2000 las cosas no serán muy distintas a como lo eran en 1971, salvo esos aviones y un rayo láser que tiene a los terrestres como a un niño con zapatos nuevos.

Es ligera, tirando a tontorrona, muy simple y elemental, pero Keith Luger tenía la capacidad de intentar resultar divertido, y conseguirlo. No todos pueden presumir de eso…

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ***

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

“Tu cabeza o la mía”, de Eddie Thorny

Tu cabeza o la mía; por Eddie Thorny [Eduardo de Guzmán]. Tánger: Editorial Marroquí, [s. a.], Colección: El Antifaz de Oro; ¿s/n?

Reedición: Madrid: Editorial Tesoro, 1965. Colección: La Novela Negra; nº 62.

Byron Smith, escritor de éxito de novelas y obras de teatro de asunto policiaco, se levanta una mañana en su apartamento con bastante resaca y descubre el cadáver de una mujer llamada Agatha que yace en su sofá. Ha sido envenenada. Es una antigua conocida que se dedicaba a chantajear a sus examantes. El caso se complica cuando avisa a la policía y unas horas después descubren otro cadáver: en este caso el del acompañante habitual de la joven, un fotógrafo (Foote) que colabora habitualmente en sus chantajes. Ha aparecido también asesinado, en este caso con un tiro en la cabeza. El problema para Byron Smith es que el crimen ha sido cometido con una pistola de su propiedad que se encuentra al lado del segundo cadáver vinculado a su persona.

De Eduardo de Guzmán (Villada, Tierra de Campos, 1908-1995), ya se han proporcionado algunos datos biográficos en este blog, en la reseña de Duelo de titanes (1-julio-2020) por ejemplo, que el lector puede consultar. Asimismo, sobre sus novelas policiales o sobre el F.B.I, con el seudónimo en general de Eddie Thorny, se puede leer la crítica sobre Doce horas para morir, publicada también en esta bitácora (28-diciembre-2022).

Este bolsilibro tiene la particularidad de haber sido impreso en Tánger por la Editora Marroquí, una imprenta asociada a la Librería Cremades de Tetuán que publicaba diversos tipos de libros en castellano en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, durante el Protectorado español de Marruecos, y que sobrevivió algunos años después de la independencia marroquí en 1956. Entre las obras publicadas, dentro del género del bolsilibro, estaría esta novela de quiosco en la colección «El Antifaz de Oro», que no se encuentra registrada en la Biblioteca Nacional de España, pero sí una reedición de 1965 en la Editorial Tesoro. Un libro con un formato de 21×13 cm., un poco más grande del habitual, y con 103 páginas. De igual manera, la Editora Marroquí lanzó la revista Suspense: crónica del suceso mundial, sobre «el enigma y la intriga policíaca real o imaginaria», editada por el Diario España de Tánger.

De nuevo, como en Doce horas para morir, nos encontramos con una novela muy consistente, con trama compleja, bien desarrollada, muy pensada por el autor para que todo encaje dentro de esa complejidad y donde el lector nunca descubra quién pueda ser el asesino o asesinos hasta el desenlace final. En este sentido, es una novela ejemplar, un mirlo blanco del género bolsilibresco.

El anteriormente citado Byron Smith estaba dando una fiesta para anunciar su próximo matrimonio con Irma, una bella mujer dedicada al mundo de la moda. Todo le iba bien en la vida personal y profesional, salvo esa metralla en la cabeza consecuencia de su participación en la II Guerra Mundial, que le puede producir algún trastorno mental en el futuro, según le advirtió el cirujano que le operó. Porque cosa de locos parece lo que está ocurriendo, piensa Byron. El inspector del Departamento de Policía de Nueva York, Bishop, opina que las «pruebas» contra Byron (cadáver envenenado en su casa, su pistola usada para matar al fotógrafo) son tan obvias que conviene dejarlas en conserva y buscar otros caminos de investigación.

La galería de personajes es reducida: de nuevo aparece un periodista, Drury, que sabe más de lo que puede publicar (como ocurre en Doce horas para morir), y tres magnates que habían asistido a la fiesta de despedida de solteros: Arbucle, Hendryx y Nyle. Bien situados, con negocios en principio legales, aunque es sabido que las apariencias engañan. Y más cuando el Syndicate del crimen no parece haber sido eliminado. El director de un periódico (Sanders) y dos agentes especiales del F.B.I., que aparecen en la fase final de la novela, completan un núcleo de pocos personajes entre los cuales a Eddie Thorny le gusta situar al asesino, sin recurrir a ninguna sorpresa externa, procurando que sea el menos obvio y que todos los movimientos y cruces de personajes, conversaciones y hechos encajen, como ya se ha comentado, como un mecanismo de relojería. Un hecho a resaltar es que las mujeres no son adornos ni personajes secundarios para cumplir con el expediente exigido por el género (el del bolsilibro, quiero decir), sino personajes con consistencia y peso en la trama.

La novela está narrada en primera persona por Byron, desde sus temores a la locura por su herida de guerra y su miedo a morir asesinado, con sus dudas y cábalas sobre hechos cada vez más enredados y absurdos a los que no encuentra causa ni razón y que se obstinan en señalarle a él como culpable, cuando él y, por tanto, los lectores sabemos que es inocente. Una destreza particular de Eduardo de Guzmán son los diálogos, nunca de relleno, con conversaciones muy propias de la novela negra o el cine noir, llenos de detalles que caracterizan a los personajes, les dotan de rasgos particulares, y que son mordaces y a veces irónicos. El contenido político es muy destacable, pues la supervivencia del Syndicate del crimen (teóricamente desarticulado) reaparece asociado a millonarios de conducta intachable, mientras no se demuestre lo contrario. Syndicate que, según Eddie Thorny, tiene una cúpula dirigente que funciona como una Gespato o una G.P.U de killers: «el terror que imponen es igual al de los modernos estados policiales y monolíticos». A buen entendedor, pocas palabras.

Para finalizar: el bolsilibro no tiene fecha de impresión, ni hemos podido conseguirla por otro cauce. Ahora bien, a Eddie Thorny/Eduardo de Guzmán le gustaba introducir hechos de actualidad para dar mayor verosimilitud a su obra: en la novela cita a un tal Anastasia, famoso capo del Syndicate estadounidense del crimen condenado en California en 1957, un año antes de los hechos que narra nuestro libro. Por tanto, la redacción de la novela podemos situarla, probablemente, en 1958. (También aparece citado un tal Nixon).

Excelente bolsilibro. Excelente novela publicada en un mundo desparecido como fue aquel Tánger, ciudad con estatus internacional, donde se editaron libros, revistas y periódicos españoles.

Gonzalo Francoblanco

Calificación ****

“Los vampiros nunca mueren”, de Curtis Garland

Los vampiros nunca mueren; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Desilo [Desiderio Babiano Lozano Olivares]. Barcelona: Bruguera, 1976. Colección: Selección Terror; nº 184.

  • Género | materia: terror – ciencia ficción | vampiros – extraterrestres.

Es innegable que los autores de bolsilibros, al menos los más activos, debían lograr inspiración en muchos lugares para poder aportar a la editorial la cantidad de originales que les eran exigidos. Un escritor tan cinéfilo como era Juan Gallardo Muñoz, por supuesto, buscó la musa en el Séptimo Arte, y así en esta novela la halló en un clásico de la ciencia ficción de los años cincuenta, El enigma… ¡de otro mundo! (The Thing from Another World!, Christian Nyby, Howard Hawks, 1951). Así, la presente narra prácticamente la misma idea: una criatura es hallada congelada en el Ártico, trasladada en un bloque cortado a la base, donde este se descongelará y el ser comenzará a diezmar a los miembros de la expedición. Solo que en este caso se trata de un vampiro más o menos canónico.

En todo caso, cabe destacar otro hecho, y es que aquí Garland aprovecha la idea de la perenne noche que se abate sobre esas tierras, lo cual para un vampiro es todo un chollo. Esta idea, por cierto, apareció con posterioridad en otra película, 30 días de oscuridad (30 Days of Night, 2007), a partir del cómic homónimo publicado en 2002 por la editorial estadounidense IDW Publishing. En realidad, la noche polar es aquella que se prolonga por más de veinticuatro horas y, tal como refiere la Wikipedia, «en las regiones dentro de los círculos polares, la duración del momento en que el sol está por debajo del horizonte varía desde 20 horas en el Círculo Polar Ártico y Círculo Polar Antártico a 179 días en los Polos. Sin embargo, no todo este tiempo es clasificado como noche polar, ya que puede haber mucha luz solar debido a la refracción. Además, se dice que el tiempo que el sol permanece sobre el horizonte es de 186 días (frente a los 179). Esta asimetría en los números es debida a que el tiempo en que el sol está parcialmente bajo el horizonte es considerado como tiempo de día». En la novela, sin embargo, se plantea una noche eterna de seis meses de duración.

Da lo mismo, dentro del juego de fantasía que propone el autor, que comienza con una cita al Soy leyenda de Richard Matheson. El protagonista, narrador en primera persona, es un escritor de fenómenos ocultos llamado «J. Harker», que es requerido por uno de los trabajadores de la base ártica, que sospecha (tiene la seguridad, más bien) de que en el lugar hay un vampiro. Durante varios capítulos, el trabajador narra al protagonista (a nosotros) lo sucedido, y de ese modo durante ese lapso se convierte en el protagonista, para, cuando el narrador reasume ese rol, aquél desaparezca casi de la trama.

Con la llegada de Harker a la base ártica la narración toma los moldes clásicos de una historia de vampiros, y donde incluso hay una pechugona cantinera, al estilo de las películas de la Hammer. Así, el experto en temas sobrenaturales ha de, no solo combatir a los vampiros, sino descubrir a aquellas que se han contaminado con la mordedura del no muerto brotado de los hielos. Todo ello con un estilo característico, que a los amantes de la temática de los revinientes resultará de lo más grato. Hay una vuelta de tuerca final simpática y apreciable, que conduce a que esta novelita de a duro sea una joyita dentro del muestrario.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ****

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

“Doce horas para morir”, de Eddie Thorny

Doce horas para morir; de Eddie Thorny [Eduardo de Guzmán]; ilustración de la cubierta, J. Belinchor. Ceuta: Editorial Marroquí, 1961. Colección: La novela negra; nº 1.

Reedición: En Bang, bang, estás muerto, vol. 4; edición de Moncho Alpuente y Luis Conde. Tres Cantos: Akal, 2012. Colección: Akal/Básica de bolsillo, serie negra.

De Eduardo de Guzmán (Villada, Tierra de Campos, 1908-1995), se han dado algunos datos biográficos y bibliográficos en este blog, en la reseña de Duelo de titanes (1-julio-2020). Como autor de novelas policiacas o del F.B.I. escribió 188 bolsilibros, de las cuales 166 fueron editados con el seudónimo de Eddie Thorny, de igual forma que con el seudónimo de Edward Goodman publicó principalmente sus novelas del Oeste.

Sus obras fueron publicadas en las principales editoriales dedicadas a la novela de quiosco, como Rollán o Bruguera, pero esta tiene la particularidad de haber sido publicada en Ceuta por la Editorial Marroquí, una imprenta asociada a la Librería Cremades de Tetuán en los tiempos del Protectorado español de Marruecos, y que sobrevivió algunos años después de la independencia marroquí. (La novela fue reeditada por Akal en 2012, en la colección Serie Negra de Básica de Bolsillo). Otro bolsilibro de Eduardo de Guzmán, en la misma editorial y también con el seudónimo de Eddie Thorny, Tu cabeza o la mía, de temática aventurera, se publicó en Tánger (s.a.). Próximamente lo comentaremos.

Doce horas para morir no se desarrolla curiosamente en esas doce horas del título, sino durante setenta y ocho horas en las que la cabeza de Paul Benson es buscada como trofeo, como chivo expiatorio, por varios jefes del sindicato del crimen de la ciudad de San Luis, Misuri, y de paso por el fiscal y la policía de la ciudad, conchabados en una red o maquinaria de extorsión, sobornos, asesinatos impunes y control de la cosa pública.

Benson es un detective privado, un “shamus”, como le escupen constantemente los policías corruptos, los delincuentes habituales y los periodistas amordazados de San Luis; un husmeabraguetas incómodo y con mala suerte al que el Attorney District y un teniente de policía le tienden una trampa para quitarle la licencia de detective y dejarle sin un centavo en el bolsillo. Es algo peor que un fracasado, un vencido, es un “raté”, alguien que no tiene el consuelo siquiera de haber luchado antes de ser vencido (según piensa él).

Es normal, por tanto, que cuando un individuo al que no se le ve la cara (no deja que se la vea), le ofrece cien dólares por llevar una carta a Bradley “Denver Jim”, uno de los capos locales enriquecidos con el crimen organizado, diga que sí y que acabe haciéndolo. Lo que no tenía previsto es que el tal Bradley y uno de sus gorilas le dieran una paliza de muerte. La causa: en la carta un tal Lepke le insulta y le amenaza con matarle. Bradley no se cree que nuestro amigo Benson sea un mero cartero ocasional, así que le encarga que le descubra dónde se esconde Lepke el insultador, para poder devolverle el favor de matarle y por el cual, además, hay una sustanciosa recompensa si se le coge vivo o muerto. Hay un pequeño problema, y es que Lepke, como ya sabemos, nunca se ha dejado ver y no se conoce casi nada de él, hasta el extremo de que pudiera ser el nombre de varios killers diferentes bajo un mismo nombre. Esta es la situación de entrada.

A partir de este momento se desencadena una carrera frenética por encontrar a Lepke, por no ser asesinado por Lepke o por cargar el “muerto” de Lepe (para cobrar la recompensa) a cualquier otro pringado como pudiera ser nuestro “shamus” Benson. En esta carrera a vida o muerte Paul Benson solo tendrá la ayuda de Belle Davis, que como dice su nombre es una mujer bella y joven, hija del arroyo y de los peores barrios de San Luis, que desea vengarse o liberarse de su explotador Bradley, el mafioso, al que no le gustan recibir cartas insultantes, que su chica se le rebele y menos perder los diez mil dólares de la recompensa sobre la cabeza de Lepke

Si esta novela puede considerarse un mirlo blanco lo es por la calidad excepcional de la obra, y no sorprende que el buen ojo de Moncho Alpuente y Luis Conde la seleccionaran para la antología de dieciséis títulos que reeditó Akal en cuatro tomos. Un empeño meritorio que rescató algunas joyas del género.

En primer lugar es excepcional por la urdimbre de la trama, compleja, que se enrolla y desenrolla como una madeja, manteniendo siempre el principio de verosimilitud. Una trama exigente, pues en esas setenta y ocho horas se producen cruces, equívocos y posibles casualidades y errores que se descubrirán en el desenlace.

En segundo lugar por la definición de los personajes. Son varios: Bradley, el capo ya nombrado, el “shamus” Benson, el teniente corrupto Meyer, un periodista alcohólico que lo sabe todo pero no puede publicar nada para no morir en el intento, y un individuo confuso, excapitán de policía, expulsado o jubilado anticipadamente del cuerpo, de papel equívoco. Y está el killer Lepke,que siendo uno de los personajes más nombrados no es visible nunca como tal, aunque el desarrollo de la trama nos sugiere que pudiera ser cualquiera de los personajes ya citados, incluido el propio exdetective Benson. Todos los personajes están construidos con trazos sencillos, eficaces, a partir de sus actos, de sus gestos, de sus palabras en diálogos cortantes, secos, de vida o muerte, al mejor estilo del cine y de la novela negra clásica. Se quedan grabados en nuestra memoria con si estuvieran tallados en diamante.

Eduardo de Guzmán con el disfraz de Eddie Thorny sabe de lo que habla. En una entrevista afirmaba que había escrito todos los bolsilibros publicados con alguno de sus seudónimos. No tenía “negros”, como algún otro. Y le creo. Se tomaba muy en serio su trabajo. Era un escritor, en singular. Escribiera una crónica política, unas memorias, una novela “seria” o un bolsilibro. Un escritor de raza que no pudo volver a escribir libremente desde 1939 hasta los años setenta. Cuando Eduardo de Guzmán describe al periodista que sabe pero no puede escribir lo que sabe, conoce muy bien de lo que habla, pues lo ha vivido. O cuando describe con minuciosidad y conocimiento práctico las palizas que mafiosos y gorilas le propinan al “shamus”Benson, lo sabe de primera mano, pues él las recibió en comisarías, cárceles y campos de concentración. En La muerte de la esperanza (uno de sus libros memorialísticos), cuenta cómo cada tarde un tipo con cuerpo de boxeador entraba en los calabozos de una comisaría a pegar hostias por gusto. Como sabe de primera mano lo que es la corrupción y un régimen de terror que él traslada a una ciudad de Misuri, secuestrada por el sindicato del crimen. Solo que allí hay esperanza, porque al fin y al cabo hay autoridades superiores y hasta un sistema democrático.

En tercer lugar por la perfecta ambientación, por el escenario verista donde se desarrolla la acción, en este caso la ciudad de San Luis, Misuri, que delatan que es un escritor que se documenta previamente. El propio lenguaje adecuado a cada uno de los personajes, o el uso de vocablos en inglés para nombrar cargos o de palabras del argot del hampa nos confirman esa impresión.

Hay una mujer bella, sospechosa de cinismo, Bella Davis, que ayuda a Benson, el exdetective, y que dentro de su espléndido cuerpo guarda un alma también espléndida, con opiniones propias y con el deseo de emanciparse de su protector, el capo Bradley. Pero esta concesión a las leyes de hierro del género está contada con delicadeza, y Eddie Thorny se permite insinuaciones bastante explicitas de forma que sabemos que se acuestan y que lo disfrutan, o se regodea describiendo la ropa de seda que ciñe a la bella. Todo muy erótico y fino. ¿Dónde estaba el censor? Es de suponer que en la siesta o expurgando Tiempo de silencio (1961) de Luis Martín-Santos, por bromear un poco sobre tan serio asunto.

Y finalmente la resolución del caso produce sorpresa y tiene algo de cuadratura del círculo, o de tour de force. Es sencillo y brillante a la vez. El asesino por antonomasia, Lepke, puede ser cada uno de los personajes que ha sido protagonista de la trama. No cabe otra posibilidad y todo tiene que encajar como en un mecanismo de relojería para que sea creíble. Algo que, creo, consigue al cien por cien Eddie Thorny. El círculo se cierra donde empezó: la resolución del caso se enlaza como en una cinta de Moebius con el inicio del caso.

Brillante bolsilibro. Un mirlo blanco, en mi consideración, que no dudo en recomendar. En la reedición de Akal es posible conseguirlo.

Gonzalo Francoblanco

Calificación ****

“Vampiro estelar”, de H. S. Thels

Vampiro estelar; por H. S. Thels [Enrique Sánchez Pascual]; ilustración de la cubierta, Cha’ Bril [Joaquín Chacopino Fabre]. Valencia: Toray, 1958. Colección: Espacio – El Mundo Futuro; nº 77.

También incluye el relato “Terror en tecnicolor”, de H. S. Thels.

Reedición: Pinto, Madrid: Editorial Andina, 1984. Colección: Bolsilibros EASA – Galaxia 2001; nº 346.

  • Género | materia: ciencia ficción | invasiones extraterrestres – vampiros espaciales.

En la ciudad se celebra un Simposio sobre la Mujer, y al que no están invitados representantes del sexo masculino, ni siquiera para cubrir el acto por parte de la prensa. Ese arranque (que luego no aporta nada a la historia), sirve al autor para hacer un sinfín de chistes machistas, y carentes de la menor chispa. Al mismo tiempo, unos extraños crímenes comienzan a ser cometidos en la localidad: primero, la presidenta del comité femenino, que aparece succionada y reseca, vacía de toda sangre; después, un hombre decapitado, sin que la cabeza aparezca por ningún lado.

De forma muy anárquica, policía y FBI comienzan a investigar, sin tener muy claro qué hacer (el autor tampoco). El agente del FBI tiene un amigo periodista, que intentaba cubrir el evento referido, y quien también ayudará. Poco a poco van sospechando que el causante es un alienígena vampiro que ha quedado varado en la Tierra. Todo ello, bastante mal narrado, con avances en la investigación muy traídos por los pelos, y sin excesiva coherencia. Únicamente hace cierta gracia la propia criatura extraterrena, que es un vampiro espacial en toda regla, y descrito con cierta imaginería.

La historia da tan poco de sí que el autor no puede cubrir toda la extensión del volumen, así pues se saca de la manga un relato más, «Terror en tecnicolor», un tanto mejor de calidad, aunque de nuevo el foco se centraliza obsesivamente en el tema de la mujer. El cuento podría parecer uno de un autor de nivel medio de revistas norteamericanas de la época y del género, y se lee con simpatía. El tema: una nave regresa a la Tierra, y los astronautas están desesperaditos por no haber probado hembra en todo ese tiempo. Llegando a los límites de Plutón reciben una señal de televisión procedente de un planeta ignoto, con unas señoras jamonas de todos los colores bañándose de forma lúbrica y provocativa…

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: *⅟₂

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

Científicos de ciencia ficción

El personaje del científico en las novelas de «La conquista del espacio», aunque casi nunca actúe como protagonista, adquiere gran importancia en las tramas al tratarse bien de una bondadosa figura de nexo entre el héroe y su futura pareja, o bien el claro antagonista, el villano que tratará de oprimir a toda una comunidad o a un determinado planeta, y al que hay que derrotar.

Para mí, los autores más representativos de la citada colección siempre han sido Curtis Garland, Ralph Barby, Marcus Sidereo, A. Thorkent y Clark Carrados/Glenn Parrish. En estos literatos, pues, me detendré para ofrecer unas breves notas de las características de ese personaje: el científico.

Casi siempre, este científico, en las narraciones de Marcus Sidereo, es el bondadoso anciano padre de la protagonista enamorada del héroe. Este sabio, hombre pacífico y conciliador, tiene la misión de advertir a las autoridades ―políticas y militares― del planeta donde habita sobre una inminente catástrofe sideral, o de una invasión alienígena, si continúan actuando de la forma como lo hacen.

Este personaje ayudará a su hija y a su novio a detener el desastre planetario, a paliar las consecuencias de la hecatombe o a conseguir que los dos jóvenes, acompañados de otros elegidos, huyan del planeta en busca de un mundo mejor. Casi siempre, este buen hombre sacrificará su vida para que se consiga la salvación de su especie.

Rasgos similares a los de este personaje de Sidereo aparecen en las novelas de A. Thorkent, aunque en este autor el científico es una figura menos representativa, al menos cuantitativamente. Pero cuando surge, también será un hombre de edad, con mayor problemática y complejidad psicológica, que auxiliará a los protagonistas a resolver la peligrosa situación por la que pasa una determinada nave estelar, un refugio nuclear, la ciudad donde viven o un planeta entero. También, como en Sidereo, se sacrificará, a menudo, por el bien de los suyos.

En Curtis Garland y en Ralph Barby, la figura del científico es aún menos habitual que en Thorkent. Pero cuando aparece ―la evolución psicológica está todavía mucho mejor tratada―, sus intenciones serán ―no siempre, pero sí con bastante frecuencia― contrarias a las de los personajes de los dos primeros narradores (narradora, en el caso de Marcus Sidereo).

En Garland y en Barby, cuando el científico tiene carácter negativo, es un ser megalómano, inquietante, oculto, disfrazado, de origen extraterrestre en muchas ocasiones, cuya misión será esclavizar a los humanos o, simplemente, aniquilarlos. Este sabio, camuflado en su nave, en su fortaleza, incluso en otro mundo o en otra dimensión, llega a ser, una vez que su máscara ha sido abierta por los protagonistas, una entidad de aspecto monstruoso o artificial. El apartado de su liquidación, en la parte final de la novela, será apoteósico.

Pero donde el sabio adquiere la más altas cotas de malignidad y de perversión será en la novelas de Clark Carrados/Glenn Parrish.

Aquí, el personaje resultará fundamental, apareciendo en multitud de tramas, y de muy diversa condición (tanto la trama como el personaje). El científico en Carrados/Parrish normalmente es el jefe de la chica protagonista, que, sin ella percatarse, la utiliza para llevar a cabo sus descabellados planes.

Toma el aspecto de un bonachón y paternal investigador que dice experimentar para beneficio de los hombres, aunque en realidad pretende su dominio sobre la Tierra u otro habitáculo. Es cruel, astuto y despiadado, y no se detendrá ante nada ni ante nadie. Tomará cómplices de su condición (algunas veces hermanos suyos) en otros lugares lejanos e, incluso, en otro tiempo.

Tras ese aspecto de benefactor varón de avanzada edad, se encubre un sádico ente polimórfico, un aterrador psicópata, un desquiciado mutante, un agresivo enfermo terminal o un torvo individuo robotizado, cuyo fin primero es lograr la inmortalidad para después subyugar, como ya he anotado, a sus congéneres o a cualquier sociedad galáctica o raza diferente.

Este personaje, en manos de Carrados/Parrish, saldará sus días derribado por los héroes de una forma pavorosa, a modo de escarmiento; y de advertencia para otros. Hay, pues, en Carrados/Parrish una especie de propósito didáctico, moral.

Espero que este breve repaso por las características más destacadas del personaje del científico en la colección La conquista del espacio haya sido de interés para todos, amigos de los bolsilibros de ciencia ficción. Buena lectura.

Luis Ángel Lobato

“Vampyr”, de Curtis Garland

Vampyr; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, abril 1973. Colección: La conquista del espacio; nº 142.

  • Género | materia: ciencia ficción – terror | humanos mutados – vampiros – superhéroes

La pasión por la temática vampírica por parte de Curtis Garland es de sobra conocida por cualquier lector habitual de la colección «Selección Terror». Pero dentro de «La conquista del espacio» Gallardo Muñoz también dio muestras de ella, y en más de una ocasión. Esta, digamos, es la más canónica, comenzando con una introducción, tan característica en él, «justificando», de algún modo, su inclusión en una colección como la presente, dedicada a cuestiones de fantasía científica.

Y científico es el enfoque que otorga a la explicación de la existencia de vampiros. Aquí tenemos a un personaje que es asesinado y, como es una celebridad del espacio, se le manda a bordo de una nave-sarcófago, para que surque los mares estelares por toda la eternidad. Sin embargo, la casualidad quiere que el navío se estrelle en un satélite prisión donde un científico más o menos loco está cumpliendo sentencia por experimentar con los muertos. El genio, que responde al nombre de Bela, se topa con el cadáver y decide seguir jugando a los experimentos, y así devuelve la vida al protagonista, y lo convierte en Vampyr, un adalid de la justicia, pues a partir de entonces regresará a la Tierra para esclarecer su propio asesinato y acabar con los criminales.

Se trata de una novela interesantísima por dos motivos. Por un lado, pese a estar ambientada en el futuro, apenas se hace alusión a avances técnicos, más allá de lo ya contado y de aludir de vez en cuando algún aeromóvil. Por el contrario, tanto por el tono, como por el comportamiento y lenguaje de los personajes, semeja todo más propio de una novela decimonónica, es decir, esas mismas de vampiros que Garland escribía para «Selección Terror», lo cual otorga un tono estilístico a la propuesta de lo más atractivo.

La otra cuestión es que la novela, en definitiva, se acaba convirtiendo en una historieta de superhéroes. Así, Vampyr es una especie de mezcla entre Batman y Morbius, y el «científico loco» que lo crea no es tal, sino un hombre de ciencia que quiere demostrar su inocencia y su talento, y que se convierte en el sidekick del superhéroe característico que lo apoya en la parte científica.

La estructura, después, se convierte un tanto en rutinaria, y al final da una vuelta de tuerca un poco decepcionante, aunque este tipo de finales «conservadores» ya se han dado en más bolsilibros de características similares. De todos modos, es un divertimento muy grato, y una variedad de tono muy agradecida.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ***½

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

“¡Muerte a los vampiros!”, de Clark Carrados

¡Muerte a los vampiros!; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, agosto 1975. Colección: Selección Terror; nº 130.

  • Género | materia: terror – policial | vampiros – intriga criminal.

Otra más de esas decepcionantes novelitas policiales que Carrados introducía en la colección «Selección Terror» sin mucho criterio temático, o que realmente tampoco le preocupaba mucho la posterior decepción del lector amante del género. ¿Vampiros? Bueno, sí, pero… «Scooby-Doo, ¿dónde estás?» Pues eso.

La historia arranca del modo más convencional posible: el protagonista va paseando por la campiña cuando, de pronto, se desata un tormentazo terrible. Divisa una casa, se dirige a ella y le acogen de un modo excepcional: le invitan a guarecerse, a cenar, a pasar la noche, y la señora de la casa, una condesa despampanante, le echa un polvo. ¿Se podía pedir más? Sí: aparece un médico y se carga a la condesa clavándole una estaca en el corazón, alegando que es un vampiro.

Imagen de la película «El estrangulador invisible», con Boris Karloff

Pasan los meses y aparece la hija de la condesa, que es su vivo retrato. Esta vuelve a contactar con el protagonista, que es contable, y a partir de ahí se desata una absurda trama de chantajes, junto a una serie de asesinatos idénticos a los de la condesa, posiblemente provocados por el mismo médico, que se ha escapado del manicomio. Y Carrados introduce en la trama otra de sus obsesiones en las novelas de terror: un tesoro oculto.

¿Qué más se puede decir? La trama es convencional, rutinaria… No tiene mucho sentido todo, pero Carrados se lo intenta dar potenciando el desarrollo detectivesco de la historia. Como novela de terror, un fiasco; como novela de vampiros, un engaño. Pero al fin y al cabo, resulta entretenida, aunque sea de un modo muy convencional. Pues eso.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: *½

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

«Drácula 75», de Curtis Garland

Drácula 75; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Ed. Bruguera, 1974. Colección: Selección Terror; nº 90.

  • Materia: vampiros – Drácula.

De todos es conocida la cinefilia de Juan Gallardo Muñoz. En su juventud trabajó de crítico de cine, precisamente, y esa pasión nunca le abandonó, antes al contrario, queda reflejada de forma perenne en sus escritos. Y sobre todo dentro del género de terror. Son abundantes las alusiones, dentro de la colección «Selección Terror», a la productora británica Hammer Films, directa o indirectamente, y esta obra no es una excepción. El propio título remite a Drácula 73 (Dracula A.D. 1972, 1972), de Alan Gibson, aunque la novela que nos ocupa no está tanto inspirada en este film, sino por las connotaciones del título. Así pues, Garland nos ubica a Drácula en el Londres setentero, en una historia totalmente nueva que nada tiene que ver con el film hammeriano. Sin embargo, la conexión con la Casa del Terror no acaba ahí. El protagonista se llama Roy Fisher, evidente alusión a dos de los directores asiduos de la productora, Roy Ward Baker y Terence Fisher, y la prometida del protagonista, además, se apellida Baker, para más inri. Mientras leía la novela no podía evitar imaginarme a la pareja con los rasgos de Ralph Bates y Verónica Carlson.

Veronoca Carlson, abrazada por Peter Cushing, ante la mirada de Ralph Bates

La novela se estructura en un prólogo, centrado en la actualidad, una primera parte, ambientada en 1899, y escrita por medio de diversas fuentes en primera persona, tal como el Drácula de Stoker, y una segunda parte, que encadena con el prólogo, narrada por el protagonista. La primera parte incurre en el error común de situar el principio del siglo XX en 1900, y no como es en realidad, en 1901. Y en el clímax final los vampiros ocultos resultan estar encubiertos en personajes con un pasado, lo cual es imposible.

Por lo demás, se trata de una narración sólida, que utiliza las habituales divagaciones de Garland con muy buen tino, estando muy bien escrita, y con instantes que alcanzan un nivel muy alto. Cierto momento de la investigación del protagonista remite a otro film hammeriano, el Drácula originario de 1958 dirigido por Fisher, y el autor juega de forma constante con los arquetipos inherentes al vampirismo, aceptando unos y rechazando otros.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ****

● bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra