“El átomo juega su baza”, de S. D. Haltes-Falmor

El átomo juega su baza; por S. D. Haltes-Falmor [Salvador Dulcet Altés]; ilustración de la cubierta, Cha’Bril. Barcelona: Toray, 1954. Colección Espacio – El mundo futuro; nº 1.

  • Género | materias: ciencia ficción | avances técnicos – guerras mundiales – yetis

 

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Salvador Dulcet Altés (1914-1987) es particularmente conocido por su labor de traductor para Ediciones Vértice, donde se hizo cargo de trasladar al español las aventuras del Universo Marvel. Pero hizo también otras muchas labores en el mundo de la cultura popular, entre las cuales se cuenta escribir bolsilibros, en especial montones de novelas del Oeste y de guerra, así como un puñado de historias de ciencia ficción, desde que debutara en este ámbito en 1954 con la novela que nos ocupa, hasta Tiempo mutante, de Andina, en la colección «Galaxia 2001» nº 123, en 1978 (reedición, en todo caso, de la obra publicada originalmente en 1972 en «Ciencia Ficción» nº 110 de Toray), con el seudónimo de Roy Silverton, que es el que más empleó. De hecho, con este otro tan extravagante de S. D. Haltes-Falmor (podemos deducir que “S. D.” corresponde a Salvador Dulcet, “Haltes” es una extranjerización de Altés, y “Falmor” posiblemente sea una alusión familiar que desconocemos) solo aportó una novela más, también en esta colección, en concreto el número 7, de título Pánico, y que se reeditaría en la misma colección en el número 532.

La colección «Espacio – El mundo futuro» fue una de las más veteranas y longevas dentro del mundo del bolsilibro, y máxime dentro del género de ciencia ficción, pues debutó, como hemos visto, en 1954, y finalizó en 1973, con Datius-1000 de Louis G. Milk, esto es, Luis García Lecha, posiblemente el autor más ligado a la colección, pues debutó en el nº 2, con la novela El cerebro, en ese caso amparado en el seudónimo, más popular, de Clark Carrados[1]. Desde luego que las primeras entregas de la colección se caracterizan por un tono muy diferente al que luego caracterizarían, por norma, las series de ciencia ficción en formato bolsilibro.

El átomo juega su baza es, pues, la novela con la cual se inauguró la colección, y es también bastante diferente a lo que después se caracterizaría. Básicamente, es una historia bélica y de aventuras ambientada en un futuro que, como casi siempre, contraponía avances asombrosos con otros elementos muy propios de la época en que se escribió. Hay momentos de la historia que remiten un tanto a las narraciones de las revistas pulp de los años treinta y cuarenta del pasado siglo, con el megalómano torturando a sus víctimas. El argumento se centra en un futuro conflicto bélico entre el eje oriental y el occidental y, por supuesto, ofrece a los rusos como bárbaros y sin clemencia, mientras que los norteamericanos son un dechado de virtudes, aunque disponen “de unas leyes demasiado benévolas”. En cuanto a Europa, ha sido invadida por los soviéticos, sirviéndose de hordas de abominables hombres de las nieves, que el dictador que rige el país ha descubierto en las montañas del Himalaya. España, por cierto, no es mencionada para nada, y no sabemos si los Pirineos sirvieron de barrera para los yetis.

Sencilla, divertida, elemental, sin embargo es una muestra muy digna, y es un buen arranque para una colección, teniendo en cuenta la fecha y lo que por aquel entonces nuestros autores conocían del género a tenor de lo publicado aquí.

 

Carlos Díaz Maroto

 

CALIFICACIÓN: ***

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

 

[1] En alguna etapa, inclusive, fue autor exclusivo de la colección, alternando ambos seudónimos, así desde el nº 8 hasta el 30, violándose la norma solo dos veces, en el nº 22, con La incógnita de Marte de Peter Barton (Amadeo Ventura), y en el nº 27 con Elia, reina de Júpiter de Austin Tower (Agustín de la Torre), y no sería la única ocasión.

“La muerte elije”, de Donald Curtis

La muerte elije; por Donald Curtis [Juan Gallardo Muñoz]; autoría de la ilustración: Provensal. Barcelona: Editorial Bruguera, 1953. Colección: Detective; nº 41.

 

La muerte elije, portada

Aparecida en noviembre de 1952, la colección «Detective» tiene especial interés por tratarse de una de las primeras publicadas por Bruguera en formato de bolsilibro, junto a las colecciones dedicadas a la novela romántica —«Pimpinela», «Madreperla», «Rosaura» y «Amapola»—, al oeste —«Bisonte»—, y al género criminal y de acción contemporánea —«Servicio Secreto»—. También, como hecho excepcional, se da la circunstancia de que «Detective» compaginó la publicación de autores anglosajones traducidos, como Ricky Drayton o Michael Storme, bastante menores, junto a las habituales firmas españolas con seudónimo: más de la mitad de los títulos de la colección, de solo cuarenta y ocho números, fueron escritos por la estrella literaria de la casa, Pedro Debrigode, bajo los noms de plume de Vic Peterson, Geo Duncan y Arnold Briggs —Peter Debry ya lo estaba utilizando en aquella época dentro de «Servicio Secreto»—.

Otro de los autores españoles que prestó sus servicios en esta más que jugosa colección fue Juan Gallardo Muñoz, con su seudónimo Donald Curtis. Un jovencísimo Juan Gallardo que con veinticuatro años, después de practicar el periodismo, publicaba su primera novela, esta La muerte elije [sic].

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Periodista, precisamente, es el protagonista de la historia. Doug Martin, después de su despido del diario neoyorkino donde trabajaba, recibe una oferta de otro periódico ubicado en una ciudad cercana a Los Ángeles. Dado que le prometen correr con los gastos del viaje, Martin se planta en la costa oeste para escuchar qué condiciones de trabajo le brindan, y descubre que buscan sus dotes como redactor, sino su bien nutrido archivo de cronista de sucesos. La ciudad a la que acaba de llegar Martin se encuentra en campaña para escoger al futuro fiscal; el periódico que ha llamado a Martin, órgano propagandístico de uno de los candidatos, pretende arruinar a la competencia sacando a la luz un feo incidente en el que estuvo implicado su rival muchos años atrás. El periodista posee todas las pruebas y, aunque le ofrecen por ellas una cantidad suculenta, no se siente cómodo participando en una maniobra tan sucia, así que rechaza colaborar con el diario y busca empleo en una cabecera de la competencia. Casi de inmediato, el asesinato de uno de los candidatos convertirá el asunto en algo aún más turbio y complicado…

Al tratarse de una novela de principiante, lo primero que llama la atención durante su lectura es que no lo parece. Está impecablemente escrita, prueba del talento natural de Gallardo como narrador, que le llevaría a convertirse en profesional de la ficción durante décadas, y su trama resulta bastante sólida. Si de algo adolece la narrativa publicada en los bolsilibros es, en su afán por resultar fácil, de subestimar a los lectores y simplificar mucho sus propuestas argumentales. La novela criminal de bolsilibro, por lo general, tiende más a la acción que a la deducción, y cuando el villano o asesino de la historia se nos ocultan, es raro que el lector no adivine con mucha antelación su verdadera identidad, tan trasparente y convencional suele ser la respuesta. La muerte elije, en cambio, situada en un escenario muy norteamericano de impecable ambientación, sostiene una mecánica propia de la novela enigma, con múltiples sospechosos y una solución lógica, aunque se disimula con habilidad suficiente para mantener la intriga hasta el final. Los referentes de Gallardo eran, sin duda, las novelas de Philo Vance y Perry Mason —Gallardo llega a citarlos explícitamente—, en especial las de este último investigador, pues el estilo ágil de Erle Stanley Gardner se ajusta bastante al que utiliza el escritor español en esta novela. Si nos encontráramos el texto sin firmar, bien podría pasar por una novela corta publicada en cualquier revista estadounidense, como Black Mask o Ellery Queen’s Mystery Magazine, fruto del trabajo eficaz de un autor «clase media». Y recordemos, de nuevo, que Juan Gallardo se estrenaba como narrador.

La novela popular española de los cincuenta guarda no pocos tesoros. En aquellos días había una mayor preocupación por el estilo que el que tendrían —obligados o no por directrices editoriales— los autores de los setenta y ochenta. Juan Gallardo, nexo de unión entre ambas épocas y superviviente a todos los cambios de esta literatura de entretenimiento, es, con justicia, considerado uno de sus mejores artífices. Muy pocas veces decepciona, y la semilla de esta habilidad para contar historias, de la seriedad con la que se tomaba su trabajo la encontramos ya en La muerte elije, digna de ser recuperada 1.

Armando Boix

 

1 Y de hecho se recuperó, por parte de Darkland, en 2015, en un volumen conjunto junto a otras dos historias de Gallardo, ¡Silba, muerte, silba! y Cerco de sombras, y ya con el título escrito con la ortografía correcta. (N. del E.).

 

«Pánico “pop”», de Curtis Garland

Pánico “pop”; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; portada de Salvador Fabá. Barcelona: Bruguera, 1975. Selección terror; nº 137.

  • Género | materias: terror | goticismo – crímenes – psicópatas

 

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Un grupo de jóvenes artistas pop viajan por Inglaterra, después de una actuación itinerante, y montados en una furgoneta, cuando la socorrida tormenta los deja aislados. A su rescate viene una anciana aristócrata que los invita a pasar la noche en su caserón, sin que los chicos sean conscientes de que dentro de sus muros les esperara el terror.

El hecho de que el protagonismo corra a cargo de unos muchachos jóvenes que viajan en una furgoneta y se enfrentan a un misterio aparentemente sobrenatural desde el inicio me hizo pensar, vaya usted a saber por qué, en Scooby-Doo. Y mira por dónde, hasta tiene aparición un perro, tipo gran danés, en la trama. No sé si Garland sería consciente de ello, y si incluso su intención sería parodiar la parodia y, por ende, hacer algo serio a partir del planteamiento “Scooby-Doo”.

Esta novela no es de lo mejor de Juan Gallardo Muñoz, aunque, como siempre, la lectura es entretenida, la construcción dramática es solvente y, de paso, desliza un mensaje de tolerancia y respeto a esos melenas de aquella época. Un simpático divertimento.

 

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: **½

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

 

“La nave vengadora”, de Clark Carrados

La nave vengadora; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; autoría de la ilustración: Rafael Cortiella. Barcelona: Editorial Toray, 1970. Colección Ciencia Ficción; nº 59.

Género | materia: ciencia ficción | viajes estelares – investigación – aventura – intrigas políticas.

 

nave vengadora

Un fugitivo, Vix Forster, es perseguido, en el planeta Morib I, por el temible coronel Wedda y su policía política, acusado de alta traición. Para demostrar su inocencia Vix deberá llevar un mensaje secreto a un tal Emmon Bellias, confinado en otro sistema estelar, concretamente en el planeta Benafza. Pero la empresa será casi imposible: Wedda logra atraparlo y lo abandona en el inhóspito y desértico asteroide Ustchia, donde las temperaturas alcanzan valores mortales. Para Vix Forster todo parece perdido. Pero, de pronto, un brillo en el espacio…

Con este interesante comienzo, Clark Carrados nos ofrece una novela muy atractiva, con muchos de los ingredientes de la space opera y del género policial, donde las conspiraciones políticas, las traiciones, los viajes estelares, las astronaves piratas, la intriga, el suspense y la aventura  son los ingredientes fundamentales de su trama.

Pero Carrados, fiel a su estilo, proporciona también los toques literarios personales que le caracterizan: variedad de espacios narrativos, pintoresquismo, ambientes crepusculares, tonos descriptivos cálidos, cierto sentido del humor, acción permanente pero servida con un ritmo reposado, violencia explícita y una capacidad estimable de involucrar al lector en las peripecias de los esforzados protagonistas.

A destacar el episodio que sucede en el interior de un contenedor, a manera de refugio, con altas dosis de claustrofobia, y el que transcurre en el temible asteroide, lleno de incertidumbre, que nos inclina a identificarnos con la desesperación del infortunado astronauta proscrito. También la parte final, con bastante suspense y hasta con alguna suave sorpresa.

Pero, como de costumbre, nuestro autor también nos entrega sus puntos bajos: personajes sin psicología y estandarizados, con mujeres atrayentes, pasionales y resueltas, pero que sucumben al dictado del amante de turno, caracterizado como un hombre duro, con ciertas pinceladas de cinismo y que dará todo por salvar a su amada y conseguirlos sus favores sentimentales. En cuanto al argumento del presente relato, se nos muestra —era de suponer— casi calcado al de otras narraciones de ciencia ficción del autor, con similares acontecimientos y el mismo desenlace.

Con todo, como ya señalé, esta novela merece mucho la pena para pasar una tarde de invierno con una merecida diversión y una plácida sonrisa siguiendo los arriesgados periplos de Vix Forster y de su amiga, la capitana y pirata espacial Tasaria Ku-11.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 3.

 

Luis Ángel Lobato Valdés

 

“Niebla en Whitechapel”, de Curtis Garland

Niebla en Whitechapel; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, junio  1973. Colección: Selección Terror; nº 15.

Reedición:

  • “Niebla en Whitechapel”. En Jack el Destripador; por Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz); selección y edición de Alberto López Aroca; prólogo de Andrés Peláez Paz; ilustración de la cubierta: Sergio Bleda. Madrid: Academia de Mitología Creativa “Jules Verne”, 2016.
  • Género | materias: terror | crímenes – Destripador – alteraciones mentales

 

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Juan Gallardo Muñoz era un gran interesado en la figura de Jack el Destripador. Sin duda fue debido a dos motivos: por un lado, por el misterio que siempre rodeó a este criminal real, cuya identidad nunca fue descubierta; y por otro, porque sus acciones tuvieron lugar en un sitio y período histórico muy apreciado por Gallardo como fue el Londres victoriano. Esta no fue la primera ni la última vez que tocó el tema —aunque sí la primera dentro de la colección «Selección Terror»—, como demuestra la citada recopilación de Alberto López Aroca, que aparte de la que nos toca también incluía las siguientes obras: El manuscrito del “Destripador” (1972, «Servicio Secreto» 1145); Seda y niebla para el asesino (1975, «Selección Terror» 110); Londres, 1888 (1978, «Selección Terror» 260); Yo, el Destripador (1979, «Selección Terror» 352); Vuelve Jack el Destripador (1985, «Thanatos» 18); y el reportaje novelado “Jack, el Destripador”.

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En esta ocasión, nos narra los crímenes con cierta fidelidad histórica, con las prostitutas auténticas que sintieron la furia del asesino, Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Amén de ello, nos ofrece a una serie de sospechosos, a saber, el médico que dirige un hospital dentro de la zona donde acontecen los ataques, así como dos estudiantes que hacen prácticas en el centro, que viven juntos en una pensión y que rondan a una bella joven que trabaja en una tienda de taxidermia junto al albergue. Pronto, el primer sospechoso es dado de lado y Gallardo se centra en los dos jóvenes, volcando el recelo de uno al otro constantemente. El ejercicio resulta hábil e interesante, y los traumas psicológicos de uno de ellos resultan atractivos, con el elemento de los cristales rotos que activan el frenesí del enfermo, aunque el autor comete el error de identificar la esquizofrenia con el desdoblamiento de personalidad —hoy conocido como trastorno de identidad disociativo—, aunque ambos suelen ser confundidos habitualmente.

Con estos pocos personajes, más una casera algo salidilla, una criada aún más salida, y la aparición estelar y breve de figuras históricas como el inspector Abberline o Sir Charles Warren, Gallardo construye una hábil y entretenida intriga, con su habitual técnica volcada a una narración que le cautiva, y que logra transmitir su entusiasmo al lector, siempre con su cuidada prosa pese a los latiguillos habituales en él. Mucha niebla, sangre, cristales rotos y un protagonista plagado de prejuicios son los ingredientes de este excelente ejemplar de bolsilibro, que demuestra que, cuando el autor quiere, puede hacer algo realmente bueno pese a las limitaciones técnicas y de tiempo.

 

Carlos Díaz Maroto

 

CALIFICACIÓN: ****

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

 

“El planeta de las mujeres-araña”, de Keith Luger

El planeta de las mujeres-araña; de Keith Luger [Miguel Oliveros Tovar]; ilustración de la cubierta, Miguel García. Barcelona: Ed. Bruguera, septiembre 1971. Colección: La Conquista del Espacio; nº 59.

  • Género | materias: ciencia ficción – comedia | invasiones – humanos mutados

 

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Permítaseme esta reseña con algunos apuntes autobiográficos. Cuando yo tenía unos quince años descubrí los bolsilibros. Estuve unos años leyendo sin parar, hasta que llegó un momento en que me sentí demasiado adulto y pasé a otro tipo de literatura, más “seria”. En toda esa época, como digo, leí mucho; gran parte de lo leído lo he olvidado y, cuando he reiniciado mi afición hace unos años, me he vuelto a topar con esos textos, reconociéndolos antes o después —o no reconociéndolos en absoluto—. Sin embargo, hubo una novela que, en aquel entonces, me dejó marcado y la recordaba prístinamente: El planeta de las mujeres-araña, de Keith Luger. Llevaba mucho tiempo en su busca, y al fin la he encontrado y he podido releerla.

Desde luego, su estilo literario no está a la altura de Gabriel García Márquez, Gonzalo Torrente Ballester o Miguel de Unamuno. Tampoco lo pretende. La novela está compuesta con frases muy cortas, y amplios diálogos, muy breves, y sin descripción alguna entre ellos. El autor, además, por dos veces comete el error de referir que las arañas son insectos. Nada de eso importa.

Si hubiera que definir de algún modo esta obra sería diciendo que es una mezcla entre Psicosis, la obra maestra de Alfred Hitchcock, y las comedias de Rock Hudson y Doris Day. De Psicosis obtiene, en cierto sentido, el esqueleto: aquí también tenemos una mujer que abandona su hogar —en este caso, por una cuestión amorosa— y toma rumbo a la carretera en su coche, y deberá alojarse por una contingencia meteorológica —un huracán— en un caserón apartado. Después, la acción pasará a otra mujer, que será la verdadera protagonista, y que investigará lo que ha sucedido a esta, localizando el caserón y descubriendo todo en el sótano.

Aparte de ello, la protagonista se topa varias veces con un hombre, en situaciones de lo más incómodas, y se organiza una discusión entre ellos, muy al estilo de las guerras de sexos que se establecían en esas subvaloradas comedias citadas. Y el resultado aquí es que tenemos, precisamente, una comedia de lo más divertido, con las pullas constantes que se lanzan uno a otro. Y, por supuesto, mientras discuten se irán enamorando entre ellos. Alrededor de todo esto, unas terribles mujeres-araña, procedente de un lejano planeta llamado Aracnia, y que pretenden invadir la Tierra de un modo muy casero.

Puede que la trama no sea de lo más elaborado, que el estilo literario no sea el mejor, como ya se ha dicho, pero la diversión está asegurada y esta nueva lectura la he disfrutado como aquella primera vez, y he gozado enormemente este planeta de las mujeres-araña (escrito con guion).

 

Carlos Díaz Maroto

 

CALIFICACIÓN: ****

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

 

“Yo, hombre lobo”, de Curtis Garland

Yo, hombre lobo; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, junio 1973. Colección: Selección Terror; nº 17.

  • Género | materias: terror – ciencia ficción | licantropía

 

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Novela de hombres lobos, muy característica de su autor, aunque sorprende que la acción tenga lugar en la época actual a la de la escritura, y no sea de carácter victoriano, como es tan caro a Gallardo. Sin embargo, sí se ambienta en su adorada Inglaterra, con un inicio en una mansión británica, al estilo de Downtown Abbey, y una segunda parte ya en el Londres de siempre. Está narrada en primera persona, algo también habitual en su autor, y el protagonista se llama Claude Bellamy, nombre que no resulta casual: si consultamos una de las películas licantrópicas esenciales de la materia, El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner, 1941) —con guion de Curt Siodmak, quien instauró los más socorridos elementos identificativos del personaje—, comprobaremos que uno de sus protagonistas era Claude Rains, y otro Ralph Bellamy, de donde sale el nombre de nuestro héroe. Sin embargo, la ambientación recuerda a la de otra película de la temática, la posterior La bestia debe morir (The Beast Must Die, Paul Annett, 1974).

La novela se divide en dos partes, emparedadas entre un prólogo, un interludio y un epílogo, en los cuales el protagonista divaga como es costumbre —también— en el autor, manteniendo la tensión en todo momento. Un elemento curioso es que, dentro del cuerpo de la narración, el autor emplea el término “hombre-lobo”, con guion, si bien en el título consta separado. Otro detalle significativo es que en muchas películas de la temática, sus responsables toman las referidas características identificativas del licántropo a su antojo, cambiando o eliminando elementos que le convengan a la historia, sin más explicación —véase la sobrevalorada Dog Soldiers (Dog Soldiers, Neil Marshall, 2002), por ejemplo—. Aquí sucede otro tanto… en apariencia. Es decir, los hombres lobos que aparecen en esta novela ofrecen determinadas características diferentes a lo que es norma, dejando sorprendido tanto al lector como al protagonista/narrador, si bien más adelante es explicado dentro de la trama, la cual, por cierto, ofrece cierto trasfondo de ciencia ficción, no en vano el protagonista es biólogo.

Cautivante es la larga escena donde otro científico explica al protagonista la naturaleza de los licántropos de la historia —y uno se imagina a esa personaje con la apariencia de Christopher Lee—. El clímax resulta un tanto precipitado, como a veces pasaba en los bolsilibros cuando el autor comprobaba que se acercaba a la extensión límite que le fijaban. Pero ello no es óbice para que Yo, hombre lobo sea una de las mejores novelas de la colección.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ****

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra