“Pueblo muerto”, de A. Rolcest

Pueblo muerto; por A. Rolcest [Arsenio Olcina Esteve]. Barcelona: Editorial Bruguera, 1963. Colección: Bisonte; nº 377.

Reedición: Barcelona: Editorial Bruguera, febrero 1979. Colección: Bisonte, Serie Azul; nº 427.

Sobre A. Rolcest, seudónimo de Arsenio Olcina Esteve (1909-1997), ya se dieron algunas notas biobibliográficas en la reseña de este blog sobre Orden de invasión (Colección Servicio Secreto nº 81), firmada por Carlos Díaz Maroto (25 de noviembre de 2020), y en la reseña sobre Pueblo sin sheriff, de quien les escribe y publicado asimismo en este blog (13-01-2021).

Como otros escritores que fueron leales al Gobierno de la II República y combatieron en la guerra que ocasionó el golpe de Estado de los facciosos (y Arsenio Olcina combatió en el frente), no solo padeció condenas, cárcel, etc., sino también la prohibición de publicar una obra propia. Es uno de los escritores en ciernes, por su edad entonces, que se “refugiaron” en la escritura de las novelas de a duro, o bolsilibros, como esta que presentamos a los lectores.

Escribió y publicó en 1938 Dum-Dum: Trazos de la revolución y la guerra,un conjunto de relatos de gran fuerza expresiva, de los que el escritor dice que «son momentos apresados al azar…, más que haberlos captado yo, son ellos los que me han apresados». Dum-Dum, Potrillo Salvaje, Román, son personajes llenos de vida y de muerte en esta obra primeriza pero de considerable madurez narrativa. Una obra sin reeditar desde 1938 y que merecería esa oportunidad.

Pueblo muerto, como Pueblo sin sheriff, retoma un tema querido por el autor, como es de los pueblos o comarcas en poder de un tirano (un terrateniente), o de una banda de secuaces. Lo importante es el efecto de dominio y vasallaje de estos poderes omnímodos, y las actitudes de cobardía, amoldamiento o de rebeldía de la gente del pueblo. En todos los casos, siguiendo las reglas del género, hay un elemento (digamos) «catalizador», como es la llegada de un héroe, de un joven valiente que se enfrenta a la situación, pone en evidencia a los pobladores atemorizados y desencadena los hechos que darán como resultado la liberación. En la ficción se cumple lo que en la realidad no siempre es posible conseguir. Un forma de justicia poética.

En Pueblo muerto, el inicio es realmente sorprendente: un jinete llega a un pueblo «muerto», sin gente en la calle, aunque se intuye que sus pobladores están escondidos en el interior de sus casas o tabernas. El jinete recibe dos disparos intimidatorios desde el interior del saloon, pero lejos de sentirse acobardado, entra en el local, y tiene un primer enfrentamiento, pistolas en mano, con los dos únicos parroquianos que dan la cara con la intención de partírsela.

¿Cuál es el misterio de ese «pueblo muerto»? Un cliente se lo explicará: el dueño del pueblo, de gran parte de las tierras y del agua que bebe el ganado se llama Anson Haysen y está loco. El pueblo fue saqueado por los sudistas durante la guerra civil entre los Estados, y mataron, entre otros, a la esposa de Haysen. Desde entonces, enloquecido, exige que cuando él y su cuadrilla de peones cruzan el pueblo, nadie esté en las calles, ni humano ni animal de otra especie. Anson Haysen sale al territorio con su «milicia», como si estuviera todavía en plena guerra.

En esta locura o pantomima le siguen y colaboran, su hija, Guny Haysen, y un individuo (con bastantes propiedades) llamado Doug Brent, también interesado en mantener la farsa. Lo sabrá el forastero en seguida: el tal Doug Brent, aunque aparentemente sigue el juego al loco, le roba ganado, y quiere que cometa con sus bellaquerías algún delito para quitárselo de en medio, y así conseguir los derechos sobre el agua. Con esto último podrá expulsar a todos los rancheros de la comarca, que ahora pueden disponer de esa agua gratis.

La trama está planteada. Conocemos al gran propietario y loco de su locura (Anson Haysen), al sinvergüenza que quiere hacerse dueño de todas las tierras (Doug Brent) y nos falta conocer mejor a los dos protagonistas de la novela, y héroes de la misma. El forastero se llama Har Leber, es alto, bien plantado, valiente, listo y prudente. Viaja hasta ese poblado llamado Torsaw porque es el hijo del ingeniero que perforó la galería y el canal que abastece de agua la comarca y, además, porque tiene unos derechos heredados sobre la misma.

La hija del loco (Guny Haysen) es joven, bella, escultural, con una pizca de descaro y con un gran carácter. Como suelen ser las heroínas de A. Rolcest, tiene sus puntos de vista y los defiende. Cabe preguntarse por qué le sigue el juego al padre en su locura y en sus salidas disparatadas para combatir a unos nordistas inexistentes. Hay una razón de peso: Doug Haysen, el sinvergüenza de esta historia, la chantajea. No desvelaremos más.

La relación de odio/amor entre el forastero y la hija del terrateniente y loco es el motor principal de la novela: Har Leber, acusa a Guny Hausen de cobarde por seguir el juego a su padre, que se cree todavía en los tiempos de la guerra de Secesión. Lo hace por amor al padre, pero también por el temor a ese chantaje, que ya hemos comentado, y que se irá desvelando durante el desarrollo de la trama.

Las tramas de A. Rolcest nunca son lineales o con personajes estereotipados. Quien lea la novela comprobará los giros del argumento, las reflexiones que las justifican y la complejidad de los personajes, que nunca son de una pieza. Cada cual tiene sus razones, sus errores, y la capacidad de enmendarlos. Es cierto que hay un impulsor, un motor, que rompe con su actitud y sus hechos la situación estanca, y es el héroe, Har Leber, el personaje con menos matices, con menos contradicciones, quien le canta las verdades a los demás, al loco, a la hija del loco, al secuaz que saca provecho de la situación, y al pueblo entero. Este forastero odia especialmente el despotismo, y así lo expresa en este bolsilibro.

Como es norma de género, la acumulación de tensión finalizará en esa hecatombe donde ambas partes resuelven en un enfrentamiento decisorio su disputa. Y donde nuestro héroe se bate con el secuaz, en este caso Doug Haysen, a la vez que la “locura” del padre es desvelada, y el pueblo liberado de la fantasías del padre y de la amenaza de no ser abastecido de agua para el ganado.

El estilo de A. Rolcest es sencillo, muy puntilloso en nombrar las cosas con sus denominaciones, llevando el lenguaje del Oeste al de sus lectores, que eran españoles; utilizando párrafos no muy largos y diálogos con cierto ingenio, reveladores, que huyen de lo convencional. Un trabajo fino, en suma, de quien no se consideraba un mero «juntapalabras».

Respecto a Pueblo sin sheriff, este bolsilibro, Pueblo muerto, no tiene una línea tan clara en su desarrollo, ni los momentos de tensión están resueltos con la misma intensidad narrativa. Aún así, es una novela de interés, con un planteamiento de máximos, intrigante, como es ese pueblo muerto y ese loco que cree que la guerra no ha finalizado y exige que los habitantes se escondan (igual que cuando el pueblo fue saqueado) o que ordena ahorcar a «desertores», como quiso hacerlo con el mismo Har Leber. Hay un obvio paralelismo entre este loco y Don Quijote, pero A. Rolcest no fuerza las similitudes, aunque sí algunas características, como los momentos de lucidez del personaje.

Arsenio Olcina escribió los relatos de Dum-Dum «sentado sobre una piedra entre ecos de cañón, voz de muerte». En el prólogo de su libro expresaba su deseo de que «tal vez les dé más extensión, más personalidad, mañana… Ese mañana…»

No pudo ser así. Lo que llegó, ese mañana, se asemejaba más bien a ese Pueblo muerto.

Gonzalo Francoblanco

Calificación: ***

“El circo”, de Ralph Barby

El circo; por Ralph Barby [Àngels Gimeno y/o Rafael Barberán Domínguez]; ilustración de cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, enero 1975. Colección Selección Terror; nº 97.

  • Reedición: Barcelona: Bruguera, abril 1985. Colección Selección Terror; nº 611.
  • Género | materia: terror | crímenes – brujería – animales mutados

El circo es un entorno que hace rememorar por parte de todos fantasía, ilusión, diversión…, y nos retrotrae a la infancia. Es por ello que supone un territorio bastante habitual dentro del género de terror, siempre atraído por tomar esos ambientes gratos y positivos y darles una torsión hacia lo inquietante. Los payasos macabros y/o asesinos son una constante en la materia, pero el propio circo (o esos hábitats hermanos que son las ferias) también ha sido utilizado con amplitud, en particular en el cine, con joyas como La parada de los monstruos (Freaks, Tod Browning, 1932) hasta títulos menores pero entrañables como Circus of Horrors [tv: El circo del terror, Sidney Hayers, 1960] o El circo del crimen (Berserk, Jim O’Connolly, 1967).

La presente novela de Ralph Barby se ambienta en un circo que parece arrostrar una maldición, y que económicamente tampoco va muy boyante. Se le contrata para actuar un par de semanas en una pequeña población centroeuropea, cuyo nombre tiene resonancias germánicas, pero una vez allí descubren que los lugareños manifiestan una patente hostilidad hacia ellos y pasan olímpicamente de visitar el espectáculo. Toda esa parte inicial semeja inspirada por un clásico del cine como es El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner, 1941) en lo que respecta al entorno del circo (en la película una feria) y, sobre todo, el territorio geográfico que lo circunscribe, con bosques inhóspitos y nieblas perennes. Todo ello está extraordinariamente recreado por la prosa de Barberán y/o Gimeno.

Después comienzan los problemas para los personajes y Barby recrea una historia disparatada (en el buen sentido de la expresión), de pura serie B, aunando maldiciones (sí, más), arcaicas leyendas, supersticiones que se mantienen a finales del siglo XX, antiguas brujerías, gorilas mutados y perros bicéfalos, con ciertas connotaciones al relato “Los crímenes de la calle Morgue” (“The Murders in the Rue Morgue”, 1841), de Edgar Allan Poe. Todo resulta estrambótico y parece ir cada cosa por su lado, pero no es así, sino que todo va confluyendo para unificarse en una narración común. Hay ciertos flecos sueltos que hubiera sido necesario recortar y ajustar, pero ese es un problema implícito a la forma en que se escribían estos bolsilibros, sin tiempo para revisar y teniendo que escribir, prácticamente, de un tirón. Si Ralph Barby retomara la historia ahora, manteniendo el original tal cual, pero efectuando las lógicas correcciones de estilo, revisara esos flecos referidos y aprovechara para desligarse de las limitaciones de extensión que tiene, desarrollando más personajes, ambientes y situaciones, podría deparar una joyita de la literatura de terror.

El resultado es un bolsilibro de lo más gozoso, que cumple las intencionalidades de este tipo de literatura, esto es, entretener y divertir. Está bien escrito, dentro de los cánones del bolsilibro, superior a la media (sí, sé que abuso de esta expresión) y tiene un sentido de la atmósfera muy conseguido. La diversión, pues, está asegurada.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ***⅟₂

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

El campo y la ciudad en la ciencia ficción bolsilibresca (Parte primera)

En la ciencia ficción bolsilibresca, y más específicamente en la colección «La conquista del espacio», hay autores que prefieren determinados espacios narrativos que van repitiendo, sistemáticamente, en cada una de sus obras. Y esa diferenciación (muy contrapuesta) en las características de los lugares donde sucede la acción de las tramas es muy apreciable en dos de los narradores más importantes del género y de la citada colección. Ellos son Luis García Lecha (Clark Carrados/Glenn Parrish) y Juan Gallardo Muñoz (Curtis Garland). Y los espacios narrativos a los que me refiero de estos escritores, en los que se enmarcan los diversos acontecimientos y los distintos personajes, son los más clásicos y generales de la literatura universal: el campo y la ciudad. Veamos, en esta primera parte, cómo concibe Luis García Lecha esa dicotomía entre campo y ciudad.

En Clark Carrados/Glenn Parrish, el mundo natural (los paisajes y sus particularidades) son marcos decorativos, sin vida propia, donde se ambientan los sucesos, las aventuras. Tienen en multitud de ocasiones un aspecto amable, pastoril, con un río de aguas serenas, campos de hierba ondulante y, más a lo lejos, tupidos bosques, el perfil de una cordillera nevada o un océano casi invisible.

Otras veces, aunque el aspecto primero resulte semejante, cuando los protagonistas se internan más íntimamente en sus ámbitos saltan algunas sorpresas: las frondosidades albergan mortales misterios, los ríos se vuelven gigantescos y hostiles y tanto los mares como las montañas mutan en elementos siniestros donde resulta casi imposible sobrevivir.

Las grandes ciudades de Carrados/Parrish son, casi siempre, la misma ciudad, aunque estén enclavadas en planetas muy diferentes y distantes. Y, al igual que los paisajes rurales, sirven como simple marco inmutable en el que se resuelve la intriga.

Son, por lo común, ciudades tecnológicas de colosales edificios, con aceras deslizantes, diversos niveles de habitabilidad y de circulación y con sus cielos plagados de aeromóviles particulares. Pero, alejándonos de su floreciente y luminoso downtown, el aspecto de la urbe va cambiando.

En los barrios, casi siempre descritos en un ambiente nocturno, reina lo insólito. Junto a los aspectos futuristas, propios del siglo venidero donde la novela está situada, hacen su aparición elementos arcaicos, más indicados para el siglo XIX que para esos tiempos sofisticados: edificaciones de solo dos pisos con fachadas desconchadas, pensiones de mala muerte, tabernas destartaladas de añeja madera, calles empedradas sin alcantarillar…

Como vemos, la concepción que García Lecha tiene, por lo común, de los dos espacios narrativos que visitamos, es de entornos inamovibles, artificiosos, sin conflicto, simples decorados que le sirven para situar sus figuras y lanzarlas a realizar sus operaciones aventureras. Son espacios abiertos que, al contrario de lo que ocurre con los de Curtis Garland, no condicionan o transforman a sus moradores. Pero esto lo veremos en una siguiente entrega.

Cuatro novelas ilustrativas:

Los superseres (Glenn Parrish – LCDE – Nº8).

Psicontrol (Clark Carrados – LCDE – Nº 247).

El asteroide asesino (Glenn Parrish – LCDE – Nº 281).

Planeta en subasta (Glenn Parrish – LCDE – Nº 291).

Luis Ángel Lobato

“El diablo de la selva”, de Charles Mitchell

El diablo de la selva; por Charles Mitchell [Carlos Miguel Martínez]; ilustración de la portada, Antonio Bosch Penalva. Barcelona: Ed. Bruguera, febrero 1956. Colección: Congo; nº 14.

  • Género | materia:  aventuras – fantasía | reinos perdidos

Carlos Miguel Martínez (1925-2017) fue un autor de novela popular que solo ahora empieza a ser conocido. También fue un fotógrafo de gran prestigio, y en relación con esta faceta consideramos interesante citar lo que el estudioso Héctor Campos comenta en su blog La retina de cristal:

Y es que resulta que Carlos Miguel Martínez fue un fotógrafo, escritor y humanista que desarrolló su creatividad desde los años 60 como miembro de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid (RSF) y, descontento con ella por el estatus conservador de las juntas directivas homologadas por el régimen fascista de Franco, ingresó en la famosa Escuela de Madrid, un grupo alternativo que dejó una vasta obra expuesta en el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid. Dentro de esa idea de dejar atrás los anticuados valores de la RSF, creó junto a reconocidos fotógrafos de la época (como el famoso Sigfrido de Guzmán) el grupo fotográfico “La Colmena”. Pero no estar dentro de la oficialidad de la RSF les llevó prácticamente al olvido y a la marginalidad. El franquismo terminó por enmudecer esta corriente fotográfica, y desgraciadamente la democracia no ha sabido devolverles la voz, pese a algunos tímidos intentos, como la pequeña y reciente exposición en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid[1].

En cuanto a su faceta como escritor, dese hace unos años los medios de difusión comenzaron a hacerse eco de las novelas policíacas que escribió para Bruguera en la colección «Servicio Secreto», lo cual quedó espléndidamente rubricado con la reedición de las mismas en tres tomos por parte de la asociación cultural A.C.H.A.B. Pero había otras publicaciones de Charles Mitchell de las que menos información había. Una de ellas es esta novela, escrita para la mítica y también muy poco conocida colección «Congo», compuesta por 26 novelas que editó también Bruguera, entre 1955 y 1956. Con el número 14 se publicó esta El diablo de la selva, única aportación de Carlos para la misma.

No he leído ninguna otra novela de la serie, así que no sé muy bien por dónde irán los tiros de las mismas. Se supone que «se desarrollan en su práctica totalidad en África, a excepción de alguna historia que transcurre en un escenario tan exótico para la época como es Australia»[2]. La presenta es una novela característica que cazadores por el veldt africano, y el protagonista es un guía de los típicos que conocemos de las películas, al estilo de Stewart Granger, por ejemplo. Narrada en primera persona, es un evidente émulo de la novela Las minas del rey Salomón (King Solomon’s Mines, 1885), de Henry Rider Haggard, si bien el personaje principal es un duro y cínico que conecta más con los que Mitchell creara para sus novelas policiales. De hecho, hay también una subtrama criminal que dispara todo, bastante interesante, y que se entremezcla con la narración aventurera.

La novela destaca principalmente por su excelente galería de personajes, donde casi todos están retratados con una profundidad superior al medio, y pese a regirse como arquetipos, desarrollan una personalidad cautivante, inclusive los de carácter negativo. Mitchell demuestra un excelente dominio de los diálogos, donde el humor soterrado y el cinismo adornan los comentarios de los personajes, no exentos de profundidad. El ambiente aventurero se mantiene en todo momento e inclusive se le otorga a la narración un perfil de relato fantástico cautivante.

Una joya.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ****⅟₂

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra


[1] https://laretinadecristal.wordpress.com/tag/carlos-miguel-martinez/

[2] En el blog La memoria del bolsilibro: https://bolsilibrosmemoriablog.wordpress.com/2020/03/13/la-coleccion-congo-de-bruguera/

“Detrás del tiempo”, de Peter Kapra

Detrás del tiempo; por Peter Kapra [Pedro Guirao Hernández]; ilustración de la cubierta, Rafael Cortiella. Barcelona: Toray, 1969. Colección: Toray Ciencia ficción – 2ª época; nº 33.

  • Reedición: Ilustración de la cubierta: Prieto Muriana (Manuel Prieto Muriana). Pinto, Madrid: Editorial Andina, 1977. Colección: Bolsilibros EASA – Galaxia 2001; nº 58.
  • Género | materia: ciencia ficción – intriga | extraterrestres – evolución humana – avances tecnológicos – superhumanos.

Pedro Guirao Hernández (1927-1993) es uno de los autores de ciencia ficción en bolsilibro más populares que existen, siendo su seudónimo más famoso el de Peter Kapra; de hecho, hasta hubo una colección del género dedicada a él, «Kapra Futuro», editada por Ediciones Helios, y que alcanzó diez números ꟷtuvo una colección hermana, «Kapra Terror», que solo llegó a editar un títuloꟷ. En todo caso, aparte del referido nick, también utilizó otros, tales como Eric Börgens, Abel Colbert, Walt G. Dovan, Clem Fosters, P. Guirao, Pedro Guirao, Susan Joyce, Steve Mackenzie, Buck O’Halloran, Jeff Storey y Phil Weaber, siendo en nuestro ámbito el más conocido el de Walt G. Dovan, después del citado Kapra. Aparte de bolsilibros, también escribió guiones de cómics, como la mítica Rutas del espacio (1958), de la editorial Ferma, y también redactó obras de ensayo, de temática “misteriosa”, tal como ¿Existió otra humanidad? (1975), Oleada de ovnis (1978) o El enigma de los mayas – Una civilización superior en la América pre-colombina (1989), por citar algunos.

Regresando a su labor bolsilibrística (si se me permite el neologismo), comenzó a escribir en el ámbito en los años cuarenta del pasado siglo, con narraciones policiales y de aventuras. En todo caso, como la mayoría de sus colegas, tocó gran variedad de géneros, aunque su debilidad fue para con la ciencia ficción. Después del citado cómic, en 1959 debutó en el campo del bolsilibro, y su primera novela en la materia fue Dos cerebros iguales, publicada por Toray en su colección «Espacio» nº 133, esta vez bajo el seudónimo de Walt G. Dovan. En total publicó dentro del género espacial cerca de 250 novelas, aunque hay que referir que muchas fueron reeditadas (como la presente).

Pese a su título, Detrás del tiempo no se centra en viajes temporales, sino que se ubica en el contacto (positivo) entre la humanidad y una civilización extraterrena, que habita en otra dimensión y es pensamiento puro. La acción arranca en esa dimensión indefinida, donde dos de sus criaturas establecen contacto con la intención de evolucionar. Después se traslada a París, donde contaremos con un científico inteligentísimo, su bella hija y un norteamericano, antiguo alumno del primero, que llega de visita. En verdad la estructura de esta historia es muy diferente a lo normal en los bolsilibros, y no finaliza con la boda de los dos protagonistas, sino que el enlace se produce muy pronto. Tienen un hijo, pero en su primer cumpleaños desaparece, literalmente, para ser criado por los alienígenas y después devolverlo como la primera criatura evolucionada. Mientras, se nos va narrando la historia de la humanidad, con una Tercera Guerra Mundial provocada por África. Y todo ello en un entorno de una intriga policial, algo que, sin embargo, funciona muy bien aquí, puesto que por medio de una trama digamos reconocible se nos van introduciendo los enigmas que van aconteciendo.

El resultado es una novela muy entretenida, agradable y donde se nos ofrece el contacto entre humanos y alienígenas sin guerras de por medio, sino buscando el beneficio común. Tiene algunos puntos discutibles, como el retrato que hace de la mujer, boba hasta decir basta, y el hijo evolucionado aporta sus poderes con un cierto dejo de tiranía, aunque es en beneficio de la especie humana. Estilísticamente tiene el nivel medio característico de los bolsilibros, con algún queísmo filtrado en medio.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ***

● bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

Sensaciones… de Luis Ángel Lobato

Redacto estas impresiones que siguen desde el recuerdo.

Siempre, cuando escribo una pequeña reseña sobre un bolsilibro, lo hago desde la actualidad, leyendo una novela por vez primera o –la mayoría de las veces– releyéndola con la misma pasión con la que lo hacía en mi adolescencia, aquellos viernes por la tarde al llegar a casa tras la última clase en el colegio, y que se prolongaba hasta bien entrada la noche, ya en la cama, o hasta el sábado por la mañana. En cuatro o cinco horas –era tal la afición– concluía aquellos relatos que hablaban, casi siempre, de viajes estelares y de tenebrosos planetas, o de saltos en el tiempo hacia oscuros pasados o increíbles futuros.

Pero en esta ocasión, como digo, voy a escribir desde la memoria, sin relecturas, solo con el recuerdo –vago o distorsionado– de las puntuales sensaciones que me produjeron algunas de las historias –y no las más conocidas ni de mayor calidad– que disfruté, hace décadas, algún fin de semana donde quizás el frío y la nieve, o el calor y las tormentas, envolviesen mi ensimismamiento en aquellas míticas aventuras de «La conquista del espacio».

He aquí cinco ejemplos.

Una sensación de extrañeza, me produjo la lectura –y hoy no descubro la razón– de una obra de Marcus Sidereo:

“Gas neutro”. Nº 155 de LCDE. El inesperado retorno de un astronauta perdido hacía años en una nebulosa da pie a un viaje espacial a un lejanísimo y misterioso planeta en busca de un gas que permitirá superar la velocidad de la luz. Durante el viaje, y ya en el planeta de destino, uno de los dos pasajeros muestra un raro comportamiento.

Una sensación de brutal opresión llegó a mi cerebro con la lectura de un relato de Curtis Garland:

“Ejecutores de mundos S. A.”. Nº 290 de LCDE. La persecución implacable por parte de un poderoso sindicato de asesinos o de una secta religiosa del futuro a un pobre funcionario deriva en una trama de destrucción a escala cósmica. El ambiente nocturno de una gigantesca urbe plagada de luces (y de sombras) me impactó durante días.

Una sensación de íntima inquietud y de emoción por la indefensión de un personaje me causó una narración de A. Thorkent:

“Un planeta llamado Khrisdal”. Nº 92 de LCDE. Una niña con poderes psíquicos es perseguida implacablemente por un astropuerto y toda la ciudad. Y solo tiene un aliado: el comandante terrestre del Orden Estelar Adan Villagran.

Una sensación crepuscular, de suave y dulce tristeza y de persuasiva melancolía me llegó al concluir una estupenda peripecia de Glenn Parrish (Clark Carrados):

“El traficante”. Nº 317 de LCDE. En un planeta de colonización, el protagonista de la trama ayuda a una nativa a sobrevivir, cruzando diversos parajes, siendo acosados por feroces sicarios, y rodeados de una naturaleza colorista e imprevisible.

Una sensación de incertidumbre, como si habitase en un sueño (o en una pesadilla) me atrapó una noche, mientras pasaba las hojas, ya acostado, de una investigación de Ralph Barby:

“La granja”. Nº329 de LCDE. Un agente terrícola de la Confederación Galáctica ha de arribar a un lejano planeta colonial, agrícola y minero, y descubrir lo que sucede, ya que las noticias se han interrumpido. Allí, unos seres de horripilantes rostros vigilan.

Sirvan estas dispersas sensaciones, quizás trastocadas por la memoria, para que los amigos se animen a penetrar en estas cinco estupendas y alarmantes –quizás no muy conocidas– novelas de ciencia ficción. Todo un lujo.

Luis Ángel Lobato

“La noche de los terrores”, de Curtis Garland

La noche de los terrores; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la portada, Miguel García. Barcelona: Bruguera, octubre 1971. Colección: La conquista del espacio; nº 60.

  • Género | materia: ciencia ficción | invasiones extraterrestres – humanos mutados.

Como es lógico, la enorme profusión de obras escritas por los autores de bolsilibros obligaba a estos a buscar inspiración en infinidad de fuentes para seguir aportando a las editoriales el caudal ingente de texto que necesitaban. Sospecho que muchos de ellos, más que en la literatura, se inspiraban antes que nada en el cine, mucho más accesible para gran cantidad de autores. Y el presente es un caso flagrante, dado que el parecido de la presente historia tiene con la película La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel. Al igual que esta, el protagonista oye de boca de un niño que “su vecino no es su vecino”, y poco después, su ex esposa le viene con igual comentario con respecto a su hermana y su cuñado. Y pasado un breve lapso de tiempo, tanto uno como otra se echa atrás con su comentario.

Lo curioso del caso es que, viendo la fecha en la cual está escrita (o publicada) la presente novela, esto es, 1971, La noche de los terrores —lo peor de la misma es este título convencional y poco pensado— se parece más al primer remake de la película citada, es decir, La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman. Tanto en novela como película la invasión se presagia con una lluvia, con la cual viene también una semilla que, al poco, se desarrolla para ofrecer una extraña flor rojiza, de la que brotarán los duplicados que van sustituyendo a los humanos. Por supuesto, esto no es sino una casualidad, pues, de nuevo recurriendo al concepto de la infinidad de novelas que escribían nuestros autores, que coincida una idea con otra posterior es eso, casualidad, y no sospechamos de ningún equipo de investigación de las productoras robando ideas de ediciones poco ambiciosas. Aunque quién sabe…

Otro detalle curioso de la novela es su ambientación. Aquí estamos en Londres, y su protagonista es un guionista de una productora de cine especializada en el género de terror. Y de inmediato, por supuesto, no es difícil pensar en un émulo de la Hammer. Y tal como se describe al protagonista, joven, atractivo y con media melena, y con más aspecto de actor que de escritor, hace pensar de inmediato en Ralph Bates. Y la rubia y exuberante protagonista de sus guiones podría ser Veronica Carlson, mientras que el alto y elegante actor que ha interpretado al vampiro en tantas ocasiones y que ha atacado a la chica, por supuesto, no sería otro que Christopher Lee. Aparte de ello, el que la historia se ambiente en una lluviosa Inglaterra, y estén de por medio también funcionarios británicos, hace pensar también un tanto en las aventuras del profesor Quatermass.

Estilísticamente, la novela también ofrece cierta peculiaridad. Quien haya leído abundantemente a Juan Gallardo Muñoz estará acostumbrado a sus párrafos amplios llenos de descripciones detalladas. Pues bien, aquí no tenemos esto, sino esbozos rápidos y directos, conduciendo la narración por medio de un ritmo más rápido. De igual modo, los personajes de Garland tienden un tanto a divagar en sus conversaciones, produciendo de esa manera una cierta inmediatez y naturalidad en los diálogos, pero también cierta dilatación, sin duda para que la extensión de la novela se dilate. Si bien aquí eso también se da, se produce de un modo mucho menos intenso de lo habitual en el autor. Da la impresión de que, antes de iniciar la escritura, él ya era consciente de que, en este caso, la idea daba una extensión superior a lo habitual, y por ello debía ser más conciso e ir más directo al meollo, para no quedarse corto de extensión.

Por lo demás, debo reconocer que siente especial debilidad por esta historia, y que hasta la peor de las diferentes adaptaciones de la novela de Jack Finney, es decir, Invasión (The Invasion, 2007), dirigida por Oliver Hirschbiegel y James McTeigue, no me termina de disgustar. Es por ello que he asistido a la lectura de la presente obra con verdadero entusiasmo. El ritmo, la incertidumbre, el misterio, el suspense, es constante, e imaginársela como película —producida por la Hammer, claro, y con los actores referidos, más Barbara Shelley como la ex esposa del protagonista— y dirigida por Terence Fisher provoca un enardecimiento total. Puede que todo suene a predecible, pero la forma en que se desarrolla la historia, la interacción de los personajes y el tono preapocalíptico convierten a esta La noche de los terrores en una de las grandes obras de Donald Curtis Garland.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ****

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

“Una bala para el tirano”, de Alf Regaldie

Una bala para el tirano; por Alf Regaldie [Alfonso Arizmendi Regaldie]; ilustración de la cubierta, Núñez. Barcelona: Editorial Bruguera, 1964. 1ª edición. Colección: Salvaje Texas, nº 413.

Peter “King” McLaine es un cazador de algún lugar del Oeste llamado Williamsville. Joven, fuerte, amigo de sus amigos, ha prometido al difunto Clive Reynolds que acogerá y cuidará de su “pequeña”, que se ha quedado huérfana. En el pueblo hay bromas sobre la necesidad de que King se case para tener una esposa que cuide de la “pequeña”.

King espera desde hace varios días la llegada de la diligencia con la “pequeña”. El día que ya está dispuesto a viajar a Jackson, en el Este, dado que ella no parece llegar, se apea del carruaje Randy Blackfield, hijo de William Blackfield, conocido como “el emperador”, gran propietario de tierras, minas y negocios del poblado de Williamsville (que lleva su nombre) y alfoz. El gran cacique del lugar. Con Randy se apea también una señorita joven, bella y con cierto desparpajo.

En breve se deshace el malentendido: la joven es la “pequeña”. En la carta de su amigo Clive Reynolds no se hablaba de la edad de la “pequeña” y King no ha hecho tampoco las cuentas desde la última vez que lo vio. Se deshacen también las veladuras sobre el tono que va a tener la relación entre el cazador King, hombre libre y que va por libre, y el hijo del cacique, que es un pisaverde o lechuguino (como se decía en el siglo XIX), al que no le tose nadie. Ha aprendido además pugilismo mientras estaba en el Este. Allí mismo, en la parada de diligencias, King McLaine y Randy Blackfield tienen un primer enfrentamiento solo verbal, que no llega a más por la intervención de May Reynolds, la “pequeña”. May viaja a Williamsville (ante todo) porque es la heredera y propietaria de una mina de oro que explota Blackfield.

Alf Regaldie es uno de los seudónimos de Alfonso Arizmendi Regaldie (1911-2004) en el universo de los bolsilibros. Antes de la guerra civil ya colaboraba en la revista de historietas KKK. Durante la guerra permaneció leal al gobierno republicano, por lo que al finalizar esta fue condenado a varios años de cárcel. Según testimonio de uno de sus nietos (recogido en internet) en la cárcel continuó escribiendo como forma, entre otras, de mantener a su familia. Sobre Alf Regaldie se puede consultar la entrada en este blog sobre su novela El nordista y la rebelde (3 de febrero de 2021), escrita por Carlos Díaz Maroto. Como Eduardo de Guzmán (Edward Goodman) Álvaro Cortés Roa (Alv Cortroa), y otros, debido a sus ideas políticas y a que se mantuvieron leales al gobierno legal, no solo fueron condenados a penas de prisión, sino que, una vez en libertad condicional, no pudieron continuar sus carreras literarias (en el periodismo, en el historitismo…). La novela de a duro o bolsilibro fue su refugio en un sentido alimenticio, pero también en un sentido más amplio, pues en muchas de ellas, con las limitaciones propias de la censura y de la editoriales, introducen ideas y opiniones propias, que llamaremos subliminales, y trasladadas a otro ámbito y a otra época, en este caso a ese territorio real, y sobre todo imaginario o mítico, que es el Oeste.

Pero continuemos: May Reynolds, ha aceptado la invitación de los Blackfield para residir en su castillo (así lo llaman). Tiene una razón para aceptarla: quiere recuperar la propiedad de su mina y recibir el dinero generado en los años que ha sido explotada por el cacique. Sobre el papel es rica.

A partir de este momento narrativo, Alf Regaldie va a acumular tensión y violencia entre King McLaine (que representa los intereses de May Reynolds) y los Blackfield. Hay una primera pelea en una cantina entre King y Randy Blackfield, el hijo, en el que King le rompe los dientes al aprendiz de púgil. O en el music-hall (propiedad de Blackfield, como casi todo), donde el gran cacique se aviene a ir para negociar con King un acuerdo respecto a la mina, tras la paliza que ha recibido su hijo. El acuerdo no es posible porque Blackfield mantiene que la mina es suya: se la vendió el padre de May Reynolds. Hay otra causa para que no haya acuerdo: es la decisión, quizá repentina pero muy consciente, de King McLaine para acabar con Blackfield y todo lo que representa.

“Mi insolencia no ataca a los débiles, sino a los fuertes”, le dice King, o le recuerda que él usa los puños y no las armas de pistoleros contratados. “Me da náuseas”, le espeta King a Blackfield para finalizar la tensa conversación en el music-hall. El sentimiento general de King y de los habitantes sojuzgados de Williamsville es de “vergüenza porque un fulano nos tenga bajo sus botas”.

Cuando el cacique sale de “su” music-hall con el rabo entre las piernas, le dirá a unos de sus sayones que no ha sacado las armas por una cuestión política: no quiere quedar mal con los mandamases del Territorio. Aunque allí mismo ha tomado la decisión de asesinar a King McLaine de forma simulada.

La misma situación se reproduce en la mansión de los Blackfield entre el cacique y May Reynolds. Rodeado de lujos y criados, Blackfield padre tiene que contenerse ante May. No es más que un paleto que ha hecho dinero con el robo y la extorsión, pero ha llegado a construir un teatro de la ópera (¿?), y eso exige etiqueta en la mesa. May le reclama la mina y Blackfield dice que se la compró a su padre, aunque no aporta la documentación. La solución de Blackfield es convertirla en esposa suya y “madre” de Blackfield júnior, algo que May rechaza colérica.

Alf Regaldie ha llevado la trama a una situación sin posible retorno. Como tantas veces en el Oeste, y en el Oeste reflejado en los bolsilibros españoles, el enfrentamiento es a vida o muerte, con el exterminio de una de las partes, sin posibilidad de tregua, debido a los abusos excesivos de una de esas partes: la poderosa, la corrupta, la extractiva. Ocurría en Muro de fuego de Alv Cortroa, por ejemplo (reseñada en este blog). Una cuestión política y social, histórica, en el territorio imaginario del Oeste va resolverse en una lucha a muerte entre los privilegiados y los que tienen sed de justicia.

La novela requiere acción y Alf Regaldie nos la da. Lo hace a través del trabajo como cazador de Peter King McLaine. Ha seguido el rastro de un oso y, a la vez, por el comportamiento del oso, ha sabido que le pretenden cazar a él otros humanos. Son páginas muy bien narradas, de pura aventura, donde acaban perdiendo los sicarios que van a asesinarle pretextando un accidente de caza. Solo hay un superviviente (y no es el oso): el jefe de la cuadrilla.

King lleva preso al capo a un poblado cercano a Williamsville, donde ejerce un sheriff honrado. Este sabe que si va en contra de los intereses de Blackfield será destituido, pero ve absurdo que Blackfield pretenda tener un “imperio” en un territorio y en un país como ese, y en unos tiempos como esos. Según el sheriff eso solo puede ser propio de un “anormal” como Blackfield.

Si no hay en estos diálogos unas “cargas de profundidad” que llegan del Oeste de los bolsilibros a la realidad española de 1964, que baje el censor de los cielos que no se enteró y nos lo diga. Pero no acaba aquí el posible paralelismo (es una hipótesis), pues los siguientes capítulos tocan un asunto social y laboral de bastante enjundia.

El fiasco de los pistoleros de Blackfield, la paliza a su hijo, que le escuece, y el fracaso en los planes para retener la mina por la cara, ilegalmente, llevan a King McLaine y a May Reynolds a huir y reflexionar: ¿qué hacer? La guerra está declarada y hay que usar las mejores bazas para no perderla y no perder a la vez la vida. King y May diseñan una doble estrategia: por una parte, atacar a Blackfield y a sus pistoleros de forma contundente, como en una Blitzkrieg, y por otra usar armas jurídicas y políticas contra él. La idea es enviar una copia a la oposición política del Territorio con papeles comprometedores sobre la adquisición de sus propiedades por Blackfield.

La otra parte de la estrategia supone la visita a la mina de oro de May Reynolds, usurpada y explotada por Blackfield. Nada más llegar comprueban que la mina es trabajada por mineros negros y chinos bajo el látigo de capataces bastante sádicos. Los negros y los chinos son tratados como esclavos, aunque la esclavitud esté abolida legalmente. Una hilera de tumbas proclaman los métodos brutales utilizados por Blackfield para explotar la mina lejos de los ojos de las autoridades. King Reynolds y sus acompañantes ejercen de liberadores de una situación de explotación laboral en una mina (casualmente), ayudados por los propios trabajadores.

No solo ha procedido a desarmar a los capataces y liberar a los esclavos, sino que ha provocado el enfrentamiento final entre Blackfield (y sus secuaces) y King McLaine y sus colaboradores: May Reynolds y el sheriff. Es la batalla final que resuelve en un sentido u otro el conflicto narrado. Es una hecatombe donde, como es lógico en el paradigma de los bolsilibros del Oeste, solo puede ganar la justicia. La justicia poética que todos necesitamos. Enfrentamiento contado por Alf Regaldie con pulso y emoción; al fin y al cabo, todos los episodios narrados anteriormente solo acumulaban tensión para el clímax final.

Cabe pensar que la historia contada en este bolsilibro funciona como contrahistoria o historia alternativa a hechos históricos del momento. En 1962 y 1963 se produjeron varias huelgas en la minería asturiana (empezaron en La Camocha) y en otros puntos del país, con la consiguiente brutal represión. Y en 1963, ciento dos intelectuales firmaron la carta (estremecedora) que lleva ese nombre, exigiendo que se atendieran las reivindicaciones obreras y, a la vez, reclamando el fin de las torturas y libertad y democracia para España. Es una hipótesis, solo una hipótesis, pero en esta novela publicada en 1964, se mueven en las profundidades, situaciones y conceptos que parecen reflejos de la realidad del momento.

En todo caso, su lectura, enriquecida por estas otras “lecturas” en paralelo, es una experiencia muy recomendable. No me la perdería.

 Gonzalo Francoblanco

“Sepulcral”, de Curtis Garland

Sepulcral; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Enrique Martín. Barcelona: Bruguera, enero 1985. Colección: Selección Terror; nº 603.

  • Género | materia: terror | macabro – enterramiento en vida – crímenes.

Última novela de Curtis Garland dentro de la mítica colección «Selección Terror» —que terminó en el número 617—, no sé si él era consciente de ello cuando abordó la tarea de ponerse al frente de ella, pero destila cierto sabor testamentario y parece una especie de compendio de las constantes temáticas preferidas del autor dentro de la misma. Así, tenemos la ambientación tan querida por él: el goticismo en la Inglaterra de finales del siglo XIX, con el espíritu de Edgar Allan Poe impregnando las páginas, un autor de origen norteamericano pero cuya influencia Garland siempre gustó trasladar a ambientes británicos, si bien, en todo caso, cierto influjo del Nuevo Continente se hace pasear por las páginas del texto.

Tenemos una zona lóbrega, donde un caserón es azotado por la tormenta, y en el cual el señor del lugar teme que sus parientes solo estén con él por dinero. Por un lado, escribe una carta a un amigo suyo, norteamericano, y con el que compartió estudios, instándole su comparecencia en el lugar, pues teme ser asesinado por uno de sus allegados; por otro, urde paralelamente un ingenioso plan para descubrir quién es el que ansía su fortuna: tomará un brebaje que le situará en un estado cataléptico y, cuando todos piensen que ha muerto, despertar y comprobar sibilinamente las reacciones de todos. Mientras el amigo americano viaja hacia el encuentro, el otro toma la fórmula, es enterrado… y cuando pretende salir del ataúd comprueba que los trucos preparados a tal efecto no funcionan.

Por su hubiera dudas acerca de las influencias, se menciona directamente el relato “El entierro prematuro” de Edgar Allan Poe, y todo parece una entrega más de las películas que hizo Roger Corman en la década de los sesenta del pasado siglo adaptando al genio de Boston. Incluso no es difícil imaginarse a la esposa del finado en las facciones de Barbara Steele, a su hermana como Debra Paget y a él mismo como Vincent Price o Ray Milland.

La segunda parte de la novela, titulada «El resucitado», transcurre con una serie de crímenes atroces, donde las víctimas aparecen con el cráneo machacado, con los sesos desparramadillos y otras lindezas semejantes, y la trama se convierte en una especie de whodonit macabro. Todo ello es interesante, los personajes poseen cierta ambición psicológica, aunque el desarrollo de la historia ofrece cierto fallo, haciendo que se sospeche de inmediato del culpable por una peculiaridad de él, y que es tan vieja como Diez negritos de Agatha Christie. En todo caso, se trata de una especie de reglas del juego que, si las aceptas, puede resultar muy grato. Máxime, cuando esto es una especie de despedida de Garland y sus arquetipos narrativos. Aunque, por suerte, todavía quedan muchos bolsilibros suyos previos por leer.

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: ***

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

“El agujero en el universo”, de Glenn Parrish

El agujero en el universo; por Glenn Parrish [Luis García Lecha]. Barcelona: Bruguera, 1971. Colección: La conquista del espacio; nº 24.

  • Género | materia: ciencia ficción | extraterrestres – adelantos tecnológicos – invasiones

Dentro del tono obviamente sencillo, incluso simple, de las narraciones de ciencia ficción obra de Luis García Lecha —tanto con el seudónimo de Glenn Parrish como con el de Clark Carrados, que de las dos maneras firmó dentro de «La conquista del espacio»— la presente ofrece una de las dimensiones más sobresalientes en ese sentido. Arranca como una comedia costumbrista, dentro de un entorno cotidiano, y al protagonista, aun con los pocos rasgos con que se le describen, se lo imagina uno grandote, con gafas y feo. Poco glamur, en efecto. En ese entorno, sale a la calle después de que su madre le inste a visitar a su amigo y futuro cuñado que hace tiempo no da señales de vida. Golpe de efecto sorprendente: dentro del habitual entorno mayoritariamente anglosajón de los bolsilibros, el amigo tiene un nombre español, Fernando. No se explica nada al respecto, no sabemos si es de Guanajuato o de Soria, pero sí que es un científico de lo más brillante.

Así pues, Lars Cauld, nuestro protagonista —pero no héroe, al menos de momento— sale a la calle, cuando de pronto se encuentra con un grupo de soldados romanos. Da la casualidad de que él es muy aficionado a ese período histórico, así pues, cuando el decurión que los conduce se le acerca y le habla en latín, él responde automáticamente en esa lengua. Y después cae en el detalle. Pero no le ha dado tiempo aún de sacudirse la sorpresa cuando, punto uno, los soldados atacan el ayuntamiento de la ciudad con unas lanzas que despiden rayos; puntos dos, una chica, igualmente romana, se le presenta y comienza a hablar con él tranquilamente, presagiando problemas; punto tres, se le lleva corriendo y entran por un agujero espaciotemporal, yendo a parar a un planeta donde se habla latín y se vive reproduciendo ese ambiente, pese a ciertos avances tecnológicos.

Mencioné la superficialidad de la historia. Cuando la acción se traslada a ese otro planeta, no profundizamos excesivamente, pero se nos plantea una historia donde un mundo está sometido a un sistema dictatorial y el protagonista intervendrá para llevar la democracia a ese lugar. No hace falta ser muy perspicaz para adivinar lo que pretende aludir el bolsilibro subrepticiamente, si bien, como era de esperar, la censura ni debió darse cuenta de por dónde iban los tiros. ¿Ciencia ficción? Bah, no tiene nada que ver con nuestra realidad.

Tampoco es que ese tono político sea muy acusado, y es un leve perfil crítico el que impregna la historia, notablemente entretenida, por lo demás, y muy bien apoyada por esa ambientación tan peculiar, aunque nos recuerda a algún episodio de la serie de Star Trek clásica. Todo ello hace que la lectura de El agujero en el universo no se convierta en una experiencia que abra horizontes, pero sí en un instante muy grato y entretenido. ¿No es ese el objetivo de los bolsilibros?

Carlos Díaz Maroto

CALIFICACIÓN: **⅟₂

• bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra